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Post-verdad: un equívoco

Foto: Manu Fernandez | AP

No cabe duda: la de “post-verdad” es una de las etiquetas más exitosas de nuestra época. Palabra del año a juicio de los Oxford Dictionaries en 2016, forma junto al populismo y el nacionalismo una santa trinidad causal para explicar las turbulencias políticas de nuestra época. La post-verdad sería aquello que viene después de la verdad: una configuración social donde ya no hay verdad o la verdad ha dejado de tener importancia. Más concretamente, los ciudadanos habrían dejado de interesarse por ella y solo aceptarían ya como “verdadero” aquello que les parece verdadero, que sienten como verdadero. Y aunque parezca que esto ha pasado siempre, la tecnología proporcionaría una novedad decisiva: la digitalización de la conversación pública permite que falsedades, rumores y teorías conspirativas circulen a gran velocidad. Esta horizontalidad permite que los discursos que se encontraban en los márgenes se desplacen hacia el centro. ¡Ya no hay freaks!

Impulsada por lo que parecen ser sus deprimentes efectos del Brexit a Trump, la crítica a la post-verdad tiene sin embargo un claro inconveniente: nos hace creer que la verdad solía ser una cosa sencilla y las democracias mantenían con ella una relación inmejorable. En realidad, no es el caso. Por eso chirría tanto que el actual gobierno se plantee crear una “Comisión de la Verdad” sobre —nada menos— la Guerra Civil y el franquismo. Hay en ello algo de nostalgia por Babel antes de la caída. Pero Babel nunca existió.

Nada de eso implica que no exista algún tipo de verdad cuyo reconocimiento debe, en la medida de lo posible, protegerse de los efectos corrosivos de la mendacidad interesada. Baste un ejemplo sencillo: si alguien afirma que el desempleo nunca ha sido tan alto cuando en realidad ha descendido, o viceversa, está tratando de propagar una falsedad empíricamente contrastable. Y si confiamos en que los hechos tienen influencia sobre el debate público y sobre las preferencias de los ciudadanos, habrá motivos para lamentar que su autoridad prescriptiva se desdibuje. De ahí que el concepto de “post-factualismo” sea seguramente más certero a la hora de describir este fenómeno: la disposición psicológica y afectiva del sujeto que le conduce a rechazar los hechos —ciertos o no— que desajustan sus creencias, aceptando en cambio los que encajan con ellas. Pero tanto académicos como periodistas han encontrado más sexy hablar de post-verdad y contra eso no se puede luchar.

Sucede así que la noción de “post-verdad” encierra un equívoco flagrante que conviene deshacer. No es que la verdad no exista o haya dejado de importar, sino que nunca ha importado tanto. Las tribus morales que intervienen en el debate público están lejos de cultivar un sano escepticismo o reserva frente a las concepciones “fuertes” de la verdad, sino que hacen justamente lo contrario. A saber: defienden con tal ahínco “su” verdad que no pueden siquiera imaginar que haya otra o no haya ninguna. Y ésta, no la minoritaria sospecha nietzscheana hacia las grandes verdades, es la humanísima enfermedad de nuestro tiempo.

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