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Pozos de ambición en el PSOE

Que el debate dentro del PSOE no es ideológico, menos aún una cuestión de preocupación por el partido, sino un impúdico “quítate tú para ponerme yo” es algo que sólo ignora quien vive de ignorarlo. El principal escollo del Sánchez para consolidarse internamente no ha sido el PP, ni siquiera Podemos, sino los tejemanejes de la presidenta de la Junta de Andalucía, que parece relegar este cargo al mismo lugar en el que los demás informamos en el currículo de que tenemos permiso de conducir tipo B. Sánchez sólo era tolerable en la medida en que no se hiciera fuerte hasta la llegada definitiva de Susana Díaz. Las derrotas sin “paleativos” (sic) que denuncia el susanista Antonio Pradas son profecías retóricas autocumplidas. Y falsas.

La realidad es que el PSOE ha aguantado electoralmente en las generales, y si no lo ha hecho mejor ha sido por este sabotaje interno, y su consiguiente relato mediático interesado. En un escenario multipartidista, los porcentajes variarán entre el 20 y el 30% y hay que acostumbrarse a ello. Esta disociación entre la percepción de las bases –agradecidas a Sánchez por evitar el sorpasso con todo en contra– y el discurso crítico de los aparatos regionales es lo que ha hecho que ahora Pedro Sánchez esté en condiciones de seguir al frente del PSOE. La sensación de ensañamiento, además, genera una simpatía por instinto que no debe menospreciarse. La unanimidad mediática yapparatchik ha sido tan abrumadora que ha terminado por no ser creíble.

El PSOE no va a tener nunca un líder consolidado en tanto no lo sea tras enfrentarse a Susana Díaz. Cuanto antes, mejor. Esa interinidad tácita de Sánchez ha sido el escollo principal para que el secretario general tomara decisiones trascendentes. No es que engañara a Felipe González al decirle que se abstendría en segunda votación, es que, si lo hacía, Díaz lo utilizaría en su contra para derribarle. Sánchez se ha movido en un espacio reducido, y condicionado por la decisión política más irresponsable que se ha tomado en el PSOE, como fue la de Rubalcaba de quedarse como líder tras las elecciones de 2011. De ese pienso se alimentó Podemos, no de Pedro Sánchez.

El aparato y sus apoyos mediáticos pudieron con Borrell, que ahora toma partido por Sánchez. Más de tres lustros después, los críticos han procedido con armas similares. Pero lo que entonces pasaba, ahora, tras la crisis económica y la eclosión de las redes sociales, no deja de parecer un burdo movimiento propio del Andreotti más cínico que ya no compra ningún fondo buitre. Sólo desde la dependencia orgánica y salarial se puede aprobar y apoyar una jugada tal.

Es paradójico que Susana Díaz haya acabado por hacer buenas las hipérboles de Iceta. Resiste, aguanta las presiones.

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