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Prato, capital del mundo de hoy

Foto: Manu Fernandez | AP

Borja Bauzá me cita en una cafetería de mi ciudad que no conozco. Está por la parte alta del Born, me dice. Salgo del metro y camino por Trafalgar buscando la calle que debo tomar. Me cruzo con los viejos locales, siempre pasados de moda, donde despachaban mayoristas de ropa cuando yo era un renacuajo. Esos comercios o han cerrado o fueron adquiridos por comerciantes chinos, tal vez el primer síntoma tangible que tuvimos en Barcelona de cómo, en silencio y mezclando la explotación con el trabajo a destajo, el gigante asiático ganaría poder en la batalla por el liderazgo de la globalización.

En la cafetería, que abre a las 10, llegan los primeros turistas. De entrada sólo turistas. Borja se sienta y, antes que pregunte él, interrogó yo. Estudió Historia en Madrid, pero lo determinante fue un máster de periodismo cultural. No era tanto sobre crítica cultural como sobre reporterismo. Algunos de sus profesores eran del staff de The New Yorker. Está suscrito a la revista, como yo. Los recibe con retraso, a veces dos a la vez, como yo también. Cree que sus páginas son un modelo, claro, como yo.

Recuerdo el último reportaje largo —Made in Italy— del último número que hemos recibido. D.T. Max habla de Prato, una réplica al por mayor de lo que representa la calle Trafalgar. Prato, en la Toscana, proporcionalmente es la primera en Italia en número de ciudadanía inmigrante y está considerada la segunda de Europa con mayor número de población china. Con la llegada de más y más chinos, procedentes en su mayoría de la ciudad Wenzhou, el modelo tradicional de negocio textil de esa zona se desmoronó. Si primero algunos empresarios locales mantuvieron su nivel de vida no ya produciendo sino alquilando sus locales, ahora los nuevos empresarios chinos de la ciudad, además de circular en coches de lujo, ya son propietarios de factorías que reciben encargos de marcas de lujo y emplean a trabajadores de la última inmigración –sirios, pakistaníes, senegaleses-. Los bolsos, por supuesto, siguen llevando la etiqueta Made in Italy.

Prato es un caso de estudio perfecto, evidente, para tratar de comprender cómo la globalización está transformando el mundo de ayer. Hay tensiones entre vieja y nueva población, nuevas mafias y viejos fascismos rejuvenecidos, imposibilidad administrativa para alterar la dinámica económica y un cambio de paradigma que genera más desconcierto que oportunidades.            

Borja le da al botón rojo de su teléfono para grabar nuestra conversación. Empiezo a largar mi interpretación del Procés y opino sobre el tenso momento presente. ¿Cuándo podremos cambiar de tema? ¿Sabremos cambiar cuando podamos? Mientras hablamos una hora larga, con el discurso atrapado en un laberinto político nos tiene socialmente paralizados, no puedo dejar de pensar que lo peor de esta crisis es que no nos permite pensar cuál podrá ser nuestro futuro en el complejo mundo de hoy.

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