Antonio García Maldonado

Predicción y deseo

«Cuando se nos informaba de que los talibanes iban tomando provincias, nos decíamos que quizá las menos importantes, pero que Kabul no»

Opinión

Predicción y deseo
Foto: WANA NEWS AGENCY| Reuters
Antonio García Maldonado

Antonio García Maldonado

Edito, traduzco, analizo y escribo. Aspiro a un estoicismo beckettiano: "Fracasa de nuevo, fracasa mejor". Sureño.

La caída de Afganistán en manos de los talibanes ha tenido algo de solución de contraste que ha mostrado con más claridad la forma en que tendemos a ver y analizar casi todo, al menos desde esta parte del mundo. Si expertos en diversos campos, pertrechados tras una ingente cantidad de refinadas herramientas y métodos contrastados, nos decían que el Gobierno afgano resistiría hasta finales de agosto, o que incluso era capaz de plantar cara a los talibanes a medio y largo plazo, ¿cómo no creerlo? Tras esas conclusiones debía de haber todo tipo de cálculos tras cotejar infinidad de datos, los mejores análisis, un conocimiento nacido de la mejor información sobre el terreno filtrada por las mejores técnicas de análisis y ponderación, por lo que era normal que desde el más inocente de los observadores, hasta aquellos implicados con algún tipo de responsabilidad, repitieran lo que se decía desde Estados Unidos a comienzos de verano y diseñaran sus respuestas en base a ello.

Incluso cuando se nos informaba de que los talibanes iban tomando una provincia tras otra, nos decíamos que, bueno, quizá las menos importantes, pero que Kabul y el aeropuerto no. Hasta tal punto que, a veces, podrían habernos preguntado aquello de Chico Marx en Sopa de ganso —«¿a quién va a usted a creer, a sus propios ojos o a mí?»— y gustosamente habríamos respondido que a él, que tenía el aval de los instrumentos, los medios y la técnica de su parte. El resto es conocido: los talibanes entraron en Kabul el día 15 de agosto, casi sin resistencia en la capital de un país en el que Estados Unidos y sus aliados se han dejado dinero, tiempo, tecnología, armas y prestigio sin que la realidad se aviniera a unos deseos que intentamos creer hasta el último minuto. ¿Cómo era posible equivocarse tanto y de forma tan llamativa? ¿Cómo podía la realidad desmentir tan rápido una afirmación hecha desde determinados sitios de poder en base a conocimiento experto? Respuestas difíciles de encontrar que han dado pie a teorías de la conspiración bien sorprendentes.

Lejos de mí la tentación del lamento noventayochista a escala occidental y también cualquier tipo de exégesis sobre lo que se ha hecho mal, regular o bien en este caso concreto de Afganistán, ni de sus consecuencias en la nueva rivalidad entre potencias, ni sobre el lugar que debería ocupar Europa en ella. Pero cabe preguntarse en qué otros ámbitos en los que hoy estamos dando por seguros e inamovibles vaticinios y escenarios estamos tan equivocados como en el caso afgano. ¿El futuro del trabajo? A comienzos de siglo XX, una de las salidas «de futuro» era la de trabajar en oficinas bancarias, y hoy no hay mañana que no nos desayunemos con la amenaza de un ERE masivo en el sector por cierre de sucursales.

Abrumados por la legitimidad que concedemos a la puesta en escena de la transmisión del conocimiento experto, nos cuesta creer que sea posible que se cometan errores y desviaciones tan grandes. Y no es tanto un problema de la producción de conocimiento, ni de sus métodos, sino de la forma en que este se expone, se utiliza, se consume y se asimila en la sociedad. Una realidad ante la que conviene exponer un sano escepticismo que nazca de la convicción de que, como suele decir Manuel Arias, toda predicción se sostiene secretamente en el deseo.

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