Lea Vélez

Presente perfecto

"Los niños solo buscan aquello que les da felicidad y lo ejercen apasionadamente. Los adultos hemos olvidado esa habilidad innata"

Opinión

Presente perfecto
Foto: Alexander Dummer
Lea Vélez

Lea Vélez

Lea Vélez es escritora. Su novela más reciente es “La sonrisa de los pájaros” (2019). Es autora también del ensayo literario "La Olivetti, la espía y el loro" (2017) y de la novela "Nuestra casa en el árbol" (2017)".

“Mamá, yo no quiero volver a la vida”, le dice su hija a la ilustradora Carmen García Huerta dando con una frase genial. Ella lo publica en sus redes y los demás sonreímos ante semejante acierto infantil para describir este extraño presente que nos ha convertido en avatares, seres virtuales, fantasmas de la realidad. Si nadie nos ve… ¿existimos? Lo que ven los demás por una máquina… ¿es real? Los niños siempre aciertan, ya lo sabemos, desde el famoso traje del emperador pasan la infancia acertando sin que los adultos tomemos verdadera nota de su filosofía vital que es aleccionadora, sagaz e instintiva.

Un día uno de mis hijos me preguntó que por qué el pretérito imperfecto era imperfecto. “Mamá, ¿qué ha hecho este pobre pretérito para no ser perfecto?” Le expliqué una cosa que es un poco curiosa, que no necesariamente la explican en la escuela con tanta repetición y tanto análisis morfosintáctico. El pretérito imperfecto es una acción en el pasado que no termina, que está inacabada, “María sacaba la ropa del armario”, y por eso se llama así, imperfecto, porque la ropa nunca termina de salir de ese armario, María no la termina de meter en una maleta y María no se va de viaje de fin de semana. Tal vez porque María está confinada, como todos nosotros, en un momento del pasado. En la imagen que nos hacemos de ella y de ese momento en el tiempo, María realiza la acción en presente, ella vive en presente, pero nosotros la miramos desde el futuro, con lo que ella, María, es pasado, una suerte de fantasma. María es solo pasado en función de nuestra mirada sobre ella, pero para ella misma, sacar la ropa del armario es su presente. María es maravillosa porque es un presente que ya fue. Un presente perfecto. Mi hijo me respondió algo maravilloso: “Quizá podemos escribir un cuento de unos filólogos que van a investigar el pretérito imperfecto de María y quedan para siempre atrapados en él”.

Ellos lo mejoran todo, o al menos, lo intentan y nosotros los escuchamos regulín o los escuchamos del todo pero la realidad nos corta las fuerzas para cambiar las cosas y hacerles caso en sus genialidades. Por suerte, ellos siempre mejoran este presente imperfecto en el que vivimos hoy, y viviremos mañana, convirtiéndolo en perfecto.

Hay que saber que estamos atrapados en el presente. Un presente que se repite como el día de la marmota y que solo cambia en la medida en que somos capaces de modificar los pequeños detalles del día a día encerrados. Este presente es imperfecto a nuestro parecer porque en él no caben los planes de futuro. La pandemia y su impredecible discurrir nos hunde en el limbo del no saber y tal vez, es momento de aprender de los maestros del presente: los niños.

Ellos solo viven en presente perfecto de indicativo. No tienen los agobios de hacer planes, de llegar a fin de mes, de escoger una profesión o buscar proyectos y trabajos de este o aquel tipo para pagar una hipoteca. No saben lo que van a ser de mayores ni les interesa demasiado. No imaginan lo que va a venir porque no tienen la experiencia de la vida para poder plantearse modelos de dolor, angustia, miedo a repeticiones desastrosas de la historia. Los niños solo buscan aquello que les da felicidad y lo ejercen apasionadamente. Los adultos hemos olvidado esa habilidad innata y es nuestro momento de observarlos.

Ahora no nos queda más remedio que vivir sin planes. Como los niños. Aunque sea solo unos meses, tenemos una total incertidumbre sobre qué nos deparará el futuro inmediato. Hasta los ancianos, que creían vivir sin planes vitales de envergadura, ya tenían planes. Planes de viajar con una hija a otro país que se quedan en el aire, planes de ir a la playa en primavera, planes de ir al cine o pasear. Todos hemos entendido algo sorprendente. Durante unos meses hemos de vivir sin planes, en una suerte de presente imperfecto que nunca termina o un gerundio permanente revisable.

Todas las mañanas mis hijos se levantan felices y repiten sin ningún problema de adaptación su rutina feliz. Aman su nueva situación, sobre todo ahora que el odioso e indeseable colegio online les ha dado vacaciones de Semana Santa.

Nos abrazamos más, nos vemos siempre que queremos, compartimos series y películas en nuestro cineclub de andar por casa, cantamos, aplaudimos y nuestro único sueño es que no se acaben nunca estos presentes. Ellos desean que nos quedemos así. Yo también, con el añadido de que nadie se contagie y caiga enfermo.

Me gustaría, como a los niños, que la vida, la real, fuera esto. Que fuera esta “no vida”, esta inapelable ausencia de futuro que nos mantiene en el tiempo infinito del amor

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