Manuel Arias Maldonado

Prestigio del magnicidio

En una sociedad organizada alrededor del fenómeno de la atención, el regreso del magnicidio era cuestión de tiempo. A fin de cuentas, es la vía más rápida para obtener los famosos quince minutos de fama profetizados por Andy Warhol. Quince y no más: en el flujo permanente de noticias y estímulos que constituyen el ruido blanco de nuestra cotidianidad, cualquier noticia se pierde de inmediato en el olvido, rápidamente sustituida por las muchas que le siguen: otro crimen, un terremoto, algún divorcio. La competencia es feroz. Y si solamente lo sensacional es eficaz, pocas cosas son más sensacionales que un asesinato político.

Opinión

Prestigio del magnicidio
Manuel Arias Maldonado

Manuel Arias Maldonado

Profesor de Ciencia Política en la Universidad de Málaga y colaborador habitual en prensa y medios culturales.

En una sociedad organizada alrededor del fenómeno de la atención, el regreso del magnicidio era cuestión de tiempo. A fin de cuentas, es la vía más rápida para obtener los famosos quince minutos de fama profetizados por Andy Warhol. Quince y no más: en el flujo permanente de noticias y estímulos que constituyen el ruido blanco de nuestra cotidianidad, cualquier noticia se pierde de inmediato en el olvido, rápidamente sustituida por las muchas que le siguen: otro crimen, un terremoto, algún divorcio. La competencia es feroz. Y si solamente lo sensacional es eficaz, pocas cosas son más sensacionales que un asesinato político.

En 1960, Alfred Hitchcock hubo de enfrentarse a la censura hollywoodense antes de estrenar Psicosis. La disputa no sólo concernía al asesinato en la ducha y al encuentro clandestino entre los dos amantes que abre la película, sino también a un particular primer plano: aquel que nos muestra las aguas borboteantes de un inodoro donde, recién tirada la cadena, flota el papel donde Marion Crane ha escrito la cantidad sustraída de su oficina. Aquello, cuando entonces, era materia de escándalo: un realismo demasiado sucio. Medio siglo más tarde, nadie nos hace caso si no hemos matado a alguien. Si es posible, claro, a alguien ya famoso.

En realidad, todos estamos en el negocio de la atención. Los candidatos que piden nuestro voto, las empresas que venden sus productos, el interlocutor que prefiere hablarnos a escucharnos, la persona que quiere seducirnos. Y qué decir de esa gran estructura estimular que son las redes sociales, dedicadas a realizar incesantes llamadas de todo tipo a sus usuarios, que son a su vez sujetos reclamadores de atención: yo de vacaciones, yo reflexionando, yo opinando. Hipótesis: el ocaso de las religiones y, por tanto, la gradual desaparición del diálogo interior que mantenía el creyente con la divinidad han multiplicado nuestra demanda de atención secular. Ahora vivimos hacia fuera, no hacia dentro. Y queremos que nos hagan caso.

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