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Prevención artística

En la imagen, una de las obras finalistas para el Premio Turner de arte contemporáneo de este 2016. La inmensa escultura de un trasero desnudo con unas manos sujetando las nalgas postula para recibir el galardón británico, que por inverosímil que parezca recibe su nombre en homenaje al pintor paisajista de la primera mitad del siglo XIX. La página web oficial del premio asegura que se escogió el nombre de William Turner porque se considera al pintor “innovador y controvertido”.

La primera ceremonia de entrega tuvo lugar en 1984. Algunas de las obras premiadas desde entonces le serán familiares al lector: un tiburón a rodajas conservado en formol o una serie de aspiradoras dentro de una vitrina de vidrio son algunos ejemplos. Otra característica de los premios Turner, además de ser uno de los más promocionados en Reino Unido entre artistas y galeristas, es que sus organizadores se refieren a la ceremonia como “evento”. Algo muy apropiado cuando se cuenta con presentadores de la talla de Yoko Ono o Madonna para la gala. Los eventos entienden poco de academicistas, por lo que se suele endilgar la tarea a personajes que destaquen por “transgresores”, lo que viene a decir ‘gente que dice palabrotas’.

También desde la propia página web puede saberse que a los pocos años de instaurarse la entrega del galardón los organizadores dieron con una idea brillante: los Turner dejarían de entregarse a la mejor pieza de arte contemporáneo para ser entregados a “la más significativa” de todo Reino Unido. Volviendo a las nalgas, uno lee ese “significativa” y piensa que para juzgar la obra de arte contemporáneo sólo tiene que regresar a Julio Camba: “Una mujer fea tiene los ojos bonitos, la boca agradable o la nariz fina; si es absolutamente fea de cara tiene un cuerpo apetecible; generalmente es simpática y, en último caso, es distinguida. Yo me echaba a temblar en España siempre que me anunciaban la presentación de una señorita muy distinguida, porque sabía de antemano que iba a ser horrible”.

Desde luego, abandonar aquellos criterios objetivables para premiar el arte en función de su aporte significativo es, como asegura Camba, una infalible medida de prevención.

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