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Prohibida la introversión

Foto: Annie Spratt | Unsplash

Tras nacer, el niño impacta con el afuera y la vida comienza a ser un viaje, la difícil aventura de concluirse en los demás. El niño desconoce el tú, lo vive todo para sí mismo, es egocéntrico. Esta actitud narcisista, con el tiempo, tiende a corregirse. En algunos casos, no obstante, el niño quiere relacionarse, pero le cuesta. En mi caso, un esfuerzo siempre me ha separado de la vida colectiva. Desde los años escolares se me ha clasificado como un niño introvertido. Y la introversión, en un ecosistema mercadotécnico, es una tara.

Pero, ¿realmente es un problema el niño introvertido? ¿Hay que enmendar esa tendencia y conducirlo al verdadero camino para medrar, la extroversión? Susan Cain, en su ensayo “El poder de los introvertidos”, advierte que vivimos en una sociedad donde la extroversión, sobre todo en el tramo educativo, el es método imperante. En el aula, lo veo en la universidad, prevalece el trabajo en grupo, las competencias, la exposición oral. No existe en la actualidad una educación para el niño introvertido, al que se le empuja para encajarlo en el ideal extrovertido. Cualidades como exponerse en público o la audacia son en Occidente más prestigiosas que la imaginación o la mirada poética, por ejemplo, mientras que en culturas como la nipona priman el silencio y la interioridad. Tanizaki, en su “Elogio de la sombra”, habla del temor de Occidente a lo escondido y oscuro, aquello que no puede verse. Occidente, en aras de la transparencia, acaba con el menor resquicio de sombra. La vida del capital no contempla la actividad introvertida. En casi la totalidad de los trabajos actuales se exige ser una persona sociable. Reinan la superficie y la vitrina.

Advierte Cain, sin embargo, que la introversión es otra manera de relacionarse tan válida como la extroversión. Nadie se relaciona de la misma manera. ¡Hubiera dado lo que fuera por no vivir mi introversión como una dificultad, sino como una herramienta distinta para alcanzar el prójimo! Porque a la postre mi soledad, una soledad involuntaria, ha sido el germen de una interioridad exuberante. Quien no está habituado a estar solo posee una interioridad raquítica. Quien lo hace, irá musculando la capacidad de maravillarse frente a lo cotidiano, se familiarizará consigo mismo, potenciará la percepción de aquello que pasa inadvertido y es milagroso. Su silencio será más flexible. ¿No es otra forma de relacionarse el poema, la pintura, el juego? ¿No debería tenerse en cuenta al alumno introvertido durante los años de escolarización, descubrir el talento de cada uno y no buscar la uniformidad bajo el ideal extrovertido? Sin mi natural distancia con el entorno no hubiera desarrollado el espionaje de la realidad y sus interioridades. Ser introvertido, lejos de ser una tara, es un ingrediente de la tarea creativa, que es sin duda alguna una manera de alcanzar la alteridad.

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