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Proletarios de todo el mundo, perdonadnos

Foto: Alexander Zemlianichenko | AP

“Proletarios de todo el mundo, perdonadnos”, se leía en una pancarta en el Moscú de Boris Yeltsin y yo, cuando oigo hablar de memoria histórica, pienso en ella y en aquellos campesinos andaluces que Ehrenburg vio lanzarse a pecho descubierto contra las trincheras enemigas al grito de “¡Viva Stalin!”. Ehrenburg cuenta también que un día fue a visitar a Koltsov a su oficina de Pravda y, entre otras cosas, hablaron de Teruel. De pronto, sin razón aparente, Koltsov lo condujo a un cuarto de baño y le dijo a media voz: “¿Quieres escuchar un chiste divertido? Dos moscovitas se encuentran. El primero: ¿Te has enterado, ha caído Teruel?. El segundo: ¿Y su mujer?”.

“¡Viva Stalin!” era la jaculatoria de la esperanza que resonaba vibrante entre los comunistas españoles que fueron seleccionados para ir a la URSS tras la guerra civil. Santiago Carrillo, que sabía que en el país de los soviets se necesitaba algo más que jaculatorias para sobrevivir, insistió en la necesidad de seleccionar a los más fieles, capaces de resistir al desencanto inevitable, pues se iban a encontrar con mucha más miseria que la que dejaban en España.

Cuando Stalin pactó con Hitler, los comunistas españoles dijeron: “Stalin piensa por nosotros”. Y cuando el PCE recibió la “recomendación” de no referirse al régimen de Franco con el calificativo de “fascista”, sino, en todo caso, de “franquista”, siguieron en sus trece. El escolástico credo ut intelligam pasó a ser su principio rector. “No comprendo lo que hace Stalin”, decían, “pero estoy de acuerdo con él.” Y como Stalin siempre tenía razón, José Díaz se apresuró a culpar al imperialismo británico de la guerra mundial.

Los comunistas españoles estuvieron en primera línea de fuego cuando Hitler lanzó sus tropas contra Moscú, y no pocos de ellos recibieron altas condecoraciones por su arrojo. El día de la victoria les pareció más evidente que nunca que Stalin pensaba por ellos. Pero al desfile triunfal le sucedieron los días laborables de invierno y la añoranza de España fue creciendo en sus corazones ateridos. Los más osados comenzaron a hablar de volver… es decir, de cambiar la URSS de Stalin por la España de Franco. ¿Era concebible una herejía mayor? Un dirigente del PCE, Antonio Pretel, los acusó de “contrarrevolucionarios”, pero permitió que volviera su mujer, que no paraba de llorar recordando su patio de Granada. “¡Pero chiquilla, cállate, que te van a oír!”, le decía. Otro dirigente, Antonio Mije, los trató de “falangistas disfrazados”.

Para poner freno a la epidemia de añoranza, en el invierno de 1947 la Pasionaria envió a Moscú a la artillería: Vicente Uribe, Fernando Claudín y Santiago Carrillo. Volvió a blandirse la acusación de franquista. “¿Y vosotros –preguntó Claudín a los recalcitrantes- os habéis llamado militantes, soldados de una doctrina?”.

“Un noche, hacia primeros de julio de 1947”, recuerda Ettore Vanni, “todos los españoles fueron convocados a una reunión. En ella, desde luego, no se dijo ‘se prohíben las salidas de hoy en adelante’; bastó con llamar ‘traidores’ a los que pensaban marchar. Particularmente despiadado fue uno de los dirigentes, Santiago Carrillo, llegado entonces de Francia. ‘Esos traidores –dijo- que dejan el país socialista para ir a vivir entre los capitalistas’. Hubo aplausos generales. Alguien gritó: ‘¡Hay que darles un tiro por la espalda!’. Más aplausos”.

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