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Proteger al trabajador (y también, y sobre todo, el trabajo)

Foto: Julio Cortez | AP

Hace unos días, el diputado de Cs y portavoz económico, Toni Roldán, presentaba una propuesta de reforma del mercado laboral que ha pasado desapercibida en medio del tráfago informativo de escándalos menores. En una entrevista en Vozpópuli, el titular rezaba que “hay que dar más protección al trabajador y no al puesto de trabajo” y en el cuerpo del texto afirmaba que se trata de “un modelo de futuro con una flexibilidad imprescindible para las empresas y mayor protección del trabajador”. Roldán es un político serio, y de él y de su equipo siempre salen propuestas trabajadas, independientemente de que se esté de acuerdo o no con ellas. En este caso, la propuesta se hacía eco de una recomendación bastante extendida y aplicada ya en otros sitios. La flexiseguridad es el concepto estrella para un mercado laboral del siglo XXI bajo los efectos de la disrupción tecnológica y la competición global.

Sin embargo, ¿qué es lo primero que hace cualquier persona cuando adquiere un mínimo de posición y poder corporativos? Blindarse de alguna forma el contrato y el puesto. El trabajo, no solo la red por si se queda sin él. La remuneración salarial se complementa con generosos bonus, quizá con paquetes de acciones o planes de pensiones privados, y para el despido se establecen indemnizaciones altísimas –muchas veces disparatadas– que, en muchos casos, solo buscan dificultarlo. En cambio, la mayoría de estas grandes empresas aboga a través de sus portavoces o sus servicios de estudio por abaratar el despido, ampliar los supuestos de justificación y contener las retribuciones con el eufemismo de la “moderación salarial”. La incoherencia es bien visible y es en sí un argumento para sospechar de las bondades de la flexibilidad.

Más allá del cinismo de quienes venden consejos que no se aplican, la flexiseguridad topa con una realidad que el liberalismo económico ha tendido a subestimar o a ignorar desde los inicios del librecambismo: que el trabajo, la profesión, produce identidad, no sólo el hecho de trabajar en algo. Tampoco parece muy atento a la realidad de que la elasticidad del ser humano para asumir cambios constantes es limitada y por tanto lo de la formación continua y la reinvención permanente es más un deseo irrealizable que una política aplicable y deseable de forma generalizada. Los afectos necesitan estabilidad en el entorno para consolidarse y no caer en estados de soledad crónicos como los que ya vemos en muchas de nuestras democracias liberales. No digamos ya para formar una familia, ahora que padecemos un problema agravado de decadencia demográfica.

La movilidad que propicia la flexiseguridad puede dar brillo al cuadro macroeconómico y a la cuenta de resultado de las empresas, pero a un coste humano inasumible. Uno de los enigmas de la teoría económica más señeros del siglo XIX estribaba en explicar cómo era posible que la pobreza y la degeneración de las condiciones laborales fuera no ya compatible, sino necesaria para el crecimiento económico. Las luchas sociales del siglo XIX, durante la expansión del librecambismo gracias a las revoluciones industriales, no fueron más que el intento de escapar de esa dinámica a través de la acción compensatoria del Estado en diferentes ámbitos de una economía dickensiana que abusaba del darwinismo social.

Es en esta regresión donde el liberalismo económico se revela como otra ingeniería social más. El economista Karl Polanyi, experto en antropología, hablaba del “credo liberal”, y escribía en la década de 1940 que el liberalismo económico “era una religión secular desde el momento en que los grandes peligros de esta aventura [la expansión del mercado] se hicieron evidentes”. La flexibilidad, aun con la red de protección personal que explicita en su actual versión de flexiseguridad, no deja de ser una regresión a conceptos que ya han demostrado su fracaso general en otros momentos de la historia, por más que el PIB creciera y el comercio aumentara. La soledad, la incertidumbre, la sensación de vulnerabilidad y los cambios políticos hacia partidos nacionalistas y/o populistas son síntomas que lo atestiguan.

No parece que la solución a nuestro malestar generalizado sea seguir cavando.

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