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PSOE: nos une el espanto

El pasado domingo, en dos suplementos económicos de la prensa generalista, leí dos reportajes interesantísimos. Uno sobre cómo han cambiado los hábitos de consumo en el supermercado y qué nos dice eso de los cambios sociales subyacentes; y otro sobre la distinta forma que tiene de relacionarse con la realidad los Millenials en comparación con las generaciones anteriores. Cambio generacional, tecnologías disruptivas, sostenibilidad de las pensiones, precarización del empleo, aumento de la desigualdad, formas nuevas de proteger al trabajador sin por ello perder competitividad y flexibilidad… Las cuestiones, además de apasionantes, son urgentes, fundamentales para entender y cambiar la realidad inmediata.

Cualquier proyecto reformista debería tener a sus mejores cabezas sumergidas en estos temas, organizando encuentros, ponencias, debates con la sociedad civil y los expertos, y no en comités federales donde una tal Verónica Pérez, militante desde los 14 años, sin oficio ni beneficio más allá del partido, se reclama la “única autoridad” a voz en grito, un par de semanas antes de pasarle el testigo a otro que tal en esto de la brillantez curricular e intelectual, Pepe Blanco. O donde la avanzadilla de la muñidora del esperpento dice que el PSOE ha sufrido derrotas “sin paleativos” y que no le produce “orticaria” la abstención. Palabra que sí parece producirle “orticaria” a la muñidora, a la que hay que reconocerle la capacidad de contorsión en su cinismo: meses de declaraciones, entrevistas, comparecencias (“mire usted, esa no es la cuestión ahora”, ¿cuál era entonces?), toda esa sobreexposición sin mencionar la palabra “abstención” mientras la propiciaba para acabar votándola. ¡Tiene su mérito! Un partido donde prende este tipo de comportamientos y personajes, es incompatible con la reflexión sobre un mundo complejo que se busca transformar. El PSOE se autofagocita infectado de apparatchiks, patógenos político-sociales mortales para la razón y el pensamiento.

La decepción es aún mayor, irresoluble, cuando se repara en el silencio atroz de tantos que, durante meses, no han tenido el mínimo valor para defender legítimamente la abstención en público y, ahora, con la opción ganadora, van saliendo de la madriguera para decir que ellos, en realidad, siempre pensaron que era lo mejor, “por responsabilidad”, porque el PSOE “se ha podemizado”. Y, ¡cómo no!, la clásica apelación a la weberiana ética de la responsabilidad frente a la de la convicción, lo que sea para disimular la cobardía previa y, además, parecer leído. Ingenuamente, cuando veía las películas de Alan J. Pakula o Sidney Pollack, siempre me decía que esos políticos tan cínicos solo existían en la ficción.

Defender la abstención (posición que yo he compartido siempre) es legítimo, un deber de quien así lo cree. Como lo es hacerlo por el ‘No’ o un Gobierno alternativo. Por eso mi respeto por Javier Fernández y Josep Borrell es total, como lo es por Pedro Sánchez y Óscar López, y también por Fernández Vara (pese a su extemporánea petición de respecto por su libertad de expresión) y todos los que hablaron claro para defender una cosa o la contraria, proporcional al rechazo que siento por la cobardía de Susana Díaz, Madina (“un militante, un voto”, ay), Lambán, Chacón, Page, Puig, Miguel Ángel Heredia y todos los que callaron esperando a ver por dónde soplaba el viento para ver por dónde tenían esparcidas las convicciones.

El cálculo del PSOE es esperar a que escampe, rezar tristemente para que sus votantes les falle la memoria, pendientes a su vez de no contrariar tanto a Rajoy como para que a éste no le dé por adelantar elecciones. Pero, como borgiano, creo que “sólo una cosa no hay: es el olvido”. Defendí públicamente el voto al PSOE y lo pedí a amigos y cercanos en las dos últimas elecciones. Para mi vergüenza. Porque ahora “no nos une el amor, sino el espanto”.

 

 

Hoy elSubjetivo está en modo VERSUS. Lee también la opinión de Aurora Nacarino-Brabo.

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