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Puede ser mi gran noche

"Asignar un significado moral a una epidemia es siempre peligroso, porque es preceptivo un chivo expiatorio"

Foto: Carola Melguizo | The Objective

Le grand soir llamaban los comunistas a la soñada eliminación del sistema capitalista. Era, según Sartre, el último gran mito revolucionario. Entren en las redes y advertirán que hoy todo quisque busca su gran noche, proyectando sus obsesiones en el coronavirus como si de un test de Rorschach se tratase. Uno sueña con el cambio de régimen que echará al Rey a golpe de cacerolada; otro, con el golpe de timón cesarista que impondrá el orden manu militari y trocará los leones del Congreso por gatos de escayola; y otro, con el cambio cultural que abolirá la “ideología de género” y le traerá una novia. Un célebre periodista engagé escribe que «este virus parece un mensaje cifrado que el planeta nos envía como respuesta a nuestra forma de agredirlo y agredirnos. Cuando el globo está al borde del colapso por culpa de esta plaga que es el hombre, nos envía una plaga que nos obliga a detenernos y detener el calentamiento global».

Caer en la «tentación mesiánica», por decirlo con Javier Padilla, es pensar que nos hemos descarriado, de manera que solo saldremos del confinamiento cuando rectifiquemos nuestra condición. Abandonaremos entonces la mentalidad de lucro, descubriremos las bondades del decrecentismo y trocaremos, como por ensalmo, egoísmo por altruísmo. Es cuento viejo. Las sociedades prósperas reciben su merecida catástrofe. Quienes trabajan de sol a sol por cuatro perras son castigados por su opulencia, como los románticos eran castigados con la tuberculosis, aquel mal du siècle que, según Byron y compañía, les confería una luctuosa belleza. Sabemos por Susan Sontag que, además de la enfermedad, al enfermo se le carga en estos casos con la metáfora. Naturalmente, asignar un significado moral a una epidemia es siempre peligroso, porque es preceptivo un chivo expiatorio. No hay peste sin pogromo.

Culpabilizar al ciudadano es imponerle una deuda insaldable (la más fácil de apriscar y pastorear es, supongo, la masa culpabilizada). Niéguense a contraer esa golilla. Cuenta Daniel Gascón en Entresuelo que la polio estuvo a punto de matar a su abuelo Leoncio a los pocos meses de nacer. Su bisabuela prometió que iría a una ermita si se salvaba y, en efecto, se salvó. Pero Leoncio se negó a hacer peregrinaje alguno, so pretexto de que él no había hecho la promesa. Como dice el refrán, achaques al odre, que sabe a pez.

Por otro lado, es curiosa la confianza que depositan los redentoristas en la ductilidad de nuestra conducta. Según Jünger, tendemos a pensar que en las catástrofes el tiempo se acelera, como en las cataratas cae el agua más deprisa, pero mirándolas en retrospectiva uno observa que el habitus, en realidad, se consolida. Como ha escrito Juancla de Ramón, puede que esta crisis no sea un reactivo que cambie la realidad, sino una capa de barniz que fije unos colores que se estaban secando, dándoles un cuño más preciso.

Sea como fuere, muchos adivinan las caras de sus enemigos en este rorschach vírico. Sirva de ejemplo el británico John Gray, que en un celebrado artículo vuelve a decretar el fin de la globalización. No sorprende tanto que el «crítico liberal del liberalismo” haga leña del árbol caído (da que pensar que hasta el exbanquero Macron usase el curioso lema electoral «ni libéralisme, ni nationalisme») y lo defina como “un experimento de disolución de todas las fuentes de cohesión social», un poco à la Polanyi, como que a renglón seguido reproche a «la mayoría de los liberales actuales» haber olvidado «el peligro de la superpoblación», aupándose sobre los hombros de John Stuart Mill para blandir su vieja chatarra malthusiana, como lleva dos décadas haciendo.

Detengámonos un momento aquí, porque la cosa, como dice mi suegra, tiene su pelendengue. Si hay una dramática demostración de que las ideas condicionan el mundo, la hallaremos en profetas del desastre como Paul Ehrlich o los hermanos Paddock, empecinados en que toda asistencia sanitaria fuese acompañada de medidas de control poblacional, o en la infausta etapa de McNamara al frente del Banco Mundial. No hace falta atender al cruel programa de control chino, y los masivos abortos y esterilizaciones que de él se derivan, para advertir que el reverendo Malthus se equivocaba: ni el alimento crece de forma aritmética ni las hambrunas reducen el crecimiento de la población. Por eso mueve a la perplejidad que nuestro pensador, inasequible al desaliento, se mantenga decidido a sostenella y no enmendalla. Pero, claro, esta puede ser su gran noche.

 Sirva de pedestal a este texto la bella frase con que Gray remata el suyo. «Una ventaja de la cuarentena es que se puede utilizar para renovar las ideas. Hacer limpieza mental y pensar cómo vivir en un mundo alterado es la tarea que nos corresponde ahora. Para quienes no estamos sirviendo en primera línea, esto debería bastarnos mientras dure el confinamiento». Quod erat demonstrandum... Bien valdría aplicarse el cuento.


En este vídeo, Jorge Freire nos recomienda, para el confinamiento, Los secretos de Diotima, el enigmático personaje de El banquete, de Platón:

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