Víctor de la Serna

Pues mira que aquel 1967...

Con esto de las elecciones del 77 hemos tenido estos días en los periódicos una racioncilla de recuerdos de hace 40 años, y yo mismo he rebuscado en algunos de ellos y los he publicado aquí. Puesto ya a la nostalgia, ansiando hallar en ella algo de solaz y también alguna clave del monumental caos en el que angustiadamente nos encontramos hoy -y como he cumplido ya demasiados años- me deslizo traicioneramente y sin apenas intentarlo hasta otra efeméride aún más redonda. Medio siglo: mi verano de 1967. O, lo que es lo mismo, lo que fue conocer en un instante las experiencias del inmigrante indeseado, del europeo integrado y esperanzado y del descubridor de remotas culturas culinarias. Pensándolo bien, cada una de ellas tiene algo que ver con el resto de mi vida...

Opinión

Pues mira que aquel 1967...
Víctor de la Serna

Víctor de la Serna

Periodista generalista a la antigua usanza, ha acabado especializándose en comunicación, cocina, vinos, baloncesto y las calles de Madrid.

Con esto de las elecciones del 77 hemos tenido estos días en los periódicos una racioncilla de recuerdos de hace 40 años, y yo mismo he rebuscado en algunos de ellos y los he publicado aquí. Puesto ya a la nostalgia, ansiando hallar en ella algo de solaz y también alguna clave del monumental caos en el que angustiadamente nos encontramos hoy -y como he cumplido ya demasiados años- me deslizo traicioneramente y sin apenas intentarlo hasta otra efeméride aún más redonda. Medio siglo: mi verano de 1967. O, lo que es lo mismo, lo que fue conocer en un instante las experiencias del inmigrante indeseado, del europeo integrado y esperanzado y del descubridor de remotas culturas culinarias. Pensándolo bien, cada una de ellas tiene algo que ver con el resto de mi vida…

Terminaba yo Segundo de Derecho en la Complutense, la dictadura seguía en pie y sin haber sufrido aún los embates de ETA, y yo salía cada vez que podía de aquel país nuestro, estrecho y pacato. Me apunté al curso de verano de la Academia de Derecho Internacional de La Haya, aun a sabiendas de que sólo me darían un papelito como asistente pero que no podría optar a sacar el diploma oficial, ya que éste era para graduados. Pero, todavía indeciso entre la diplomacia y el periodismo, me lancé con mucho entusiasmo a ello.

La cosa pudo terminar antes de empezar, y es que en 1967 los españoles no es que fuésemos como los pobres refugiados sirios de hoy, pero sí lo más parecido a los rumanos o los marroquíes o los ecuatorianos que hoy buscan una vida mejor en la próspera Unión Europea. No nos vendría mal recordarlo alguna vez.

A partir de 1960 los españoles nos habíamos lanzado a la emigración, en una oleada sin parangón desde el exilio de 1939, y esta vez hacia Europa, no hacia América. En las fronteras no éramos bien recibidos si no presentábamos contratos de trabajo, y en el aeropuerto de Schiphol pasé media hora bastante desagradable bajo la mirada hosca de un poli holandés que no acababa de creerse las explicaciones de un chaval español que decía algo tan raro como que iba a estudiar Derecho Internacional. Tras presentar el papel de la Academia y la dirección de mi pensión, y mostrar los pocos florines que llevaba en el bolsillo, por fin conseguí que me sellara el pasaporte tras enseñar el único documento que de verdad le interesaba: mi billete de vuelta para el mes siguiente.

En La Haya aprendí más en la calle, tomando cafés o cervezas con los compañeros, o visitando la maravillosa Mauritshuis para reencontrarme con el inigualable Vermeer y descubrir esa chica de la perla y esa vista de Delft, que en unas clases muy por encima de mi nivel académico primerizo. Sí que me esforcé con los conflictos entre Bolivia y Chile o con la caza de criminales de la II Guerra Mundial, pero todo eso era de Primera División y yo daba el nivel de alevín, y gracias. La mayoría de los alumnos eran mayores, ya con la licenciatura en el bolsillo, e incluso me susurraron, señalando a una menuda chica española: «Tiene 27 años y ya es doctora. Se llama Elisa Pérez Vera». Nunca más nos hemos vuelto a encontrar, pero estoy bien enterado, como todos, de su distinguida carrera posterior, que incluye unos años en el Tribunal Constitucional.

Pese a mi insuficiencia académica, fue un buen verano, rodeado de chicos y chicas llegados de países más libres que el mío y a los que no me cansaba de hacer preguntas, porque ya estaba convencido de que pronto íbamos a dejar de ser los parientes pobres de la Europa democrática y había que empezar a ponerse las pilas.

Y, miren por donde, en ese país supuestamente tan poco gastronómico como es Holanda empecé yo a descubrir mi otra vocación: aquel delicioso arenque fresco, el ‘groene haring’, que te vendían los de los carritos al borde de la playa de Scheveningen y te tomabas de un bocado con una cañita de cerveza, y aquella revelación asiática, la noche en que los tres compañeros de piso quisimos invitar a nuestra encantadora casera, una viuda muy mayor que soñaba con cenar en el Garoeda, el clásico restaurante indonesio de la Lange Voorhout. (La Haya fue, tras la independencia de su colonia asiática en 1956, el lugar de refugio de gran parte de la burguesía de Yakarta que optó por el exilio).

Aquella noche, justo antes de regresar a Madrid, ante los innumerables platillos de una ‘rijsttafel’ o ‘mesa de arroz’ -que es lo que nosotros llamaríamos ‘menú de degustación’-, entre ‘nasi goreng’ y ‘bami goreng’, disfrutando hasta de los picantes algo salvajes de alguno de ellos, me preguntaba yo si sabría explicar esas sensaciones inéditas a los amigos. Tardé unos años, pero no mucho más tarde ya reseñaba yo mis cenas y almuerzos en letra de molde.

Quizá, sin saberlo, empezaba yo ese verano de 1967 más cerca de la diplomacia y lo acababa girando hacia el periodismo…

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