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El Subjetivo

Opiniones libres de algoritmos

Opiniones libres de algoritmos

Pupitre, pizarra, libro

Me da algo de pudor hablar de educación. Sólo ahora que mi hija comienza su peripecia escolar, he comenzado a interesarme por los temas y las dificultades de un campo abonado para la controversia. En este periódico contamos, por lo demás, con Gregorio Luri, capaz de hablar de la materia con una versación y perspicacia tales, que debería vedarnos al resto la frívola tentación de decir algo de cosecha propia. En el fondo, mi única capacitación resulta de haber sido yo mismo un educando, en un tiempo cronológicamente no muy remoto, aunque, a juzgar por las metodologías revolucionarias que se abren paso, definitivamente anticuado. Entiéndanse por tanto, las líneas que siguen, como un ejercicio de nostalgia –esa que, cada septiembre, con el nuevo curso, clava su aguijón– y no como un comentario del estado de nuestra escuela, para el que no me sentiría preparado.

Lo cierto es que fui un alumno feliz. Me gustaba sentarme en el pupitre y escuchar lo que el maestro tuviera que decir. Sobre lengua, historia, geografía o naturaleza. Me gustaba menos, en cambio, que algún profesor de tierna hornada manifestara, en tono cómplice, no quería ofrecer respuestas sino preguntas, o llegase a declarar, con toda avilantez, ¡que venía a aprender conmigo! Con todos mis respetos, yo lo que buscaba eran respuestas a los inacabables enigmas de la existencia; si no me convencían, ya me encargaría de buscar otras más persuasivas. Y por supuesto, el que estaba ahí para aprender era yo, no el profesor. La humildad intelectual es una gran virtud avanzada la vida, pero no hace buenos maestros. Una moderada dosis, incluso si es fingida, de dogmatismo, logra mejor el propósito de despertar el pensamiento crítico que el flácido relativismo que comienza por confesar su impotencia.

Tampoco me estimulaban los profesores que querían hacer de mi mejor persona, o infundirme un idealismo transformador del mundo. Porque lo que yo quería era saber cosas, a ser posible, saber todas las cosas, porque a mí también, como en el cuento de Babel, alguien me había dicho “debes saberlo todo”, y en eso estaba. De quien guardo mejor recuerdo es de los profesores que se limitaban a transmitir conocimiento, sin refitoleras añadiduras.

Si evoco mis días de estudiante es por el vértigo que he sentido al leer el anuncio de la inminente extinción de la lección magistral. Sólo puedo hablar por mí, y sé bien que a otros alumnos, no menos dotados, la salmodia profesoral nunca les abrió el apetito. Mantener a un adolescente sentado en una silla cincuenta minutos es un reto cada vez más difícil, y quizá a la pedagogía no le quede más remedio que hacerse cargo. Sólo sé que en mi vida la dialéctica profesor-alumno fue importantísima. Lo sigue siendo. También fueron importantes los libros de texto y algunos de los manuales de la EGB son aún libros predilectos de consulta. Y qué decir de la pizarra, símbolo inveterado de la transmisión de conocimiento. Saber que todo ello quizá ya no esté presente en el aprendizaje de mis hijos me provoca zozobra. “Aprender por proyectos” es algo que, en mi anticuada mentalidad, suena menos estimulante que esas horas de pupitre, pizarra y libro, cuando el conocimiento es un continente virgen e incitante que pide a gritos una exploración guiada.

Pero me incomoda situarme del lado conservador de la discusión. Nuevos doctores tiene la pedagogía y en sus manos estamos. Sin dejar de sospechar, quizá, la amarga verdad: que, como dijo el filósofo, educar es educarse, y, como escribió el poeta, algunas cajas fuertes sólo se abren desde dentro.

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