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Putas y fútbol

El colectivo de zorrupias de Amsterdam exige al Gobierno holandés el mismo trato fiscal que los futbolistas.

El colectivo de zorrupias de Amsterdam exige al Gobierno holandés el mismo trato fiscal que los futbolistas. Argumentan que el suyo es un trabajo físico muy duro que no pueden practicar toda la vida. De ahí, la analogía entre profesionales de las pelotas. 

En Holanda, la prostitución es legal y goza de coberturas sociales y prestaciones por desempleo. Las lumis del barrio rojo pagan religiosamente sus impuestos al ejercer una actividad regulada, por inusual que sea un cliente reclamando la factura al confundir desgravar y desbragar. Distintas son las cosas en nuestro país. Mientras la Hacienda holandesa hace pasar a las putas, la española nos las hace pasar putas.

Putas y fútbol son dos aliviaderos del personal cuando éste anda encrespado. Pero, si en los Países Bajos se protegen pasiones bajas, aquí el amparo es para el balompié. Tal trato de favor ha desembocado en la denuncia europea al Estado español por conceder ayudas ilegales a clubes de fútbol, que tras la Banca y las autopistas de peaje conforman otro colectivo al que los ciudadanos debemos rescatar. Es por nuestro bien. El fútbol es un relajante espiritual, un placebo masivo, una válvula de escape social. Si el fútbol no existiera, habría que inventarlo.

Cualquier Gobierno con vocación de permanencia debe preservar el fútbol. Los españoles hemos contribuido a esta situación. No hay más que vernos cuando un presunto defraudador acude a declarar al juzgado. El populacho deviene turba amenazante si se trata de un bárcenas o una pantoja cualquiera. Pero si el sospechoso es un astro del balón, la plebe lo aclama, lo anima y lo jalea. Exigimos con soltura que paguen más impuestos los que más ganan, salvo si son futbolistas, pues ellos, como las putas de Amsterdam, son cuerpos de elite.

 

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