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¿Qué camiseta con mensaje elijo hoy?

Los teólogos de Bizancio ganaron justa fama de sutiles: escrutar la naturaleza angélica o indagar en la vida intratrinitaria eran cuestiones que exigían un ánimo bien dispuesto para la disquisición.

Sus agonías morales son sin embargo motivo de irrisión cuando uno imagina el vértigo existencial del diputado medio de las CUP cada mañana ante su armario: ¿qué camiseta con mensaje elijo hoy? ¿Estamos celebrando el aniversario de Víctor Jara, o la semana mundial por la pesca sostenible? Sin duda, el de vestirse ha de ser un trámite angustioso cuando de nuestra ropa dependen cuestiones de tanta trascendencia como la solidaridad con el Kurdistán o el pueblo saharaui.

Por supuesto, a nadie debiera extrañarle que las CUP hayan emanado su propia estética:
de la pelambrera romántica a la gomina joseantoniana y del bigote facha a las barbas progres de la Transición, no ha sido inhabitual lucir la ideología como quien lleva un sombrero. Galdós nos habla incluso de aquellos elegantones madrileños que –en tiempos de la Restauración- se perfilaban patillas y bigotes para emular a Sagasta o a Cánovas. Y en nuestro tiempo hemos visto todo lo que va de la pana fatigada del felipismo a los chándales chavistas o las corbatas rosas del primer Aznar. Así, la uniformidad de las CUP puede ser criticable: tal vez un flequillo tallado a hachazos no sea favorecedor; tal vez el feísmo obligatorio no augure nada mejor que una rebeldía algo hojaldrada; tal vez, en fin, vestir a los cincuenta como si uno tuviera quince no deje de ser un dandismo inverso con todas las puerilidades del dandismo comme il faut.

El problema, sin embargo, no es ese. El problema, claro, son esas camisetas con mensaje que guardan la misma impostura intelectual que María Antonieta disfrazada de pastora. En un tiempo en que una de las mayores servidumbres es tener que solidarizarse con lo obvio, la camiseta con mensaje proclama nuestra propia santidad ideológica. Y en un tiempo en que se nos juzga moralmente por la cantidad de lágrimas derramadas en público, la camiseta con mensaje enfatiza el primer mandamiento de la autenticidad contemporánea: su necesidad de ser exhibida, tanto para la propia gloria como para hacer un velado reproche a todos los demás.

Bien pensado, lo de la camiseta con mensaje es cosa no poco paradójica cuando uno de los dogmas intocables que nos rigen –y gran coartada del desaliño estético- afirma que todo lo importante va por dentro. Sí, quizá su narcisismo sea lo propio cuando podemos felicitarnos por nuestro propio estándar ético tras hacer un pinta y colorea en el perfil de Facebook. Con todo, al contrario que tantas uniformidades estéticas que se limitan a marcar fronteras tribales entre unos y otros, la camiseta con mensaje tiene una imposición particular: quien la lleva está tan embelesado con la bondad de su causa que ya va publicitando que no admite discrepancias. No es un planteamiento muy político como para que en él caigan los políticos.

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