Jorge Freire

Que cante el ruiseñor

«¿Seguirá la Diada sirviendo de banderín de enganche? Lo veremos la semana que viene, pero el telón ha caído para muchos. Una vez que el hechizo se rompe, imposible es volver a recomponerlo»

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Que cante el ruiseñor
Foto: Carola Melguizo| The Objective

Innumerables son los hallazgos cómicos de Señor Ruiseñor, la última obra de Joglars. Todos los que han coadyuvado a mantener firme el señuelo del procés, de los agitadores a las instituciones y de la iglesia a la empresa, son satirizados aquí con saña. El inmisericorde retrato del más pesado y el más inicuo de los corresponsales internacionales de este siglo, conocido por su machacona tarabilla de «Francoland» y motejado por un servidor con el marbete de Neverminder, mueve a las lágrimas de risa. Con todo, mi escena favorita es una en que el mismísimo Jordi Pujol, interpretado con maestría por Fontseré, espiga afanosamente semillas de la Tierra Prometida. Se me vino a las mientes algo que Elias Canetti sostenía en Masa y poder: la masa lenta (que no debe confundirse con ese engrudo chicloso que venden en las boutiques del pan) siempre planta su objetivo en el más allá.

Me explico… Canetti sostenía que la masa no aparece hasta que no hay «descarga». ¿Y qué es la descarga? Pues el fenómeno que libera a los individuos de las diferencias que cargan entre sí: el estatus, el capital, etc. Cuando aparece, las jerarquías se disuelven. Cada once de septiembre, el currante charnego cierra filas con el burgués que le explota y el político que le roba y, codo con codo, los tres enarbolan la misma enseña. Si la masa es rápida, la descarga se extingue pronto: por ejemplo, los seguidores de tal o cual partido político que, a la primera debacle electoral, salen por patas. Cosa bien distinta es la masa lenta. Esta, que tiene forma de peregrinación, mantiene casi indefinidamente la descarga.

¿Seguirá la Diada sirviendo de banderín de enganche? Lo veremos la semana que viene, pero el telón ha caído para muchos. Una vez que el hechizo se rompe, imposible es volver a recomponerlo. Aciertan los Joglars al mostrar el paroxismo del procés en términos místicos. El camino a la independencia es, ante todo, una romería. Cierto es que, como se decía en el Pío Cid, en el creer no hay pecado, aunque se crea en grandes idioteces. Pero siempre es bueno tomarse a chacota la solemnidad con que algunos mercachifles tratan de vendernos su mercancía averiada. Cuando el protagonista de Señor Ruiseñor, un guía de museo transfigurado en Santiago Rusiñol, exige «más alegría» a los adustos gerifaltes del Museo de la Identidad, pone voz al catalán medio que, atosigado por un movimiento de masas devenido en martirologio, precisa de un escapismo. Puede ser el arte, como para Rusiñol, y también puede ser el humor.

Algunas obras de teatro incurren en un curioso vicio: son tan intelectualoides en la forma como populacheras en su inevitable lectio brevis (de un tiempo a esta parte, no hay obra sin moraleja). Hace un par de años, nada menos que en una ópera de Wagner, sacaron a un tipo disfrazado de Merkel. También asistí a una comedia, creo que de Calderón, en la que un Jesucristo, con la cruz a cuestas, criticaba el neoliberalismo. Señor Ruiseñor tiene la extraña virtud de tratar al espectador como un adulto. De paso, demuestra que el teatro puede ser inteligente sin caer en la pesantez sesuda y cejijunta, y popular sin caer en la francachela garbancera.

Hablando de garbanceros… Puede que a la cultura le suceda lo que al mantón de Manila, a cuya decadencia dedicó Galdós las mejores páginas de Fortunata y Jacinta. La aristocracia y la clase media cedieron los mantones al pueblo en cuanto la sociedad española se empeñó en parecer seria, lo que consistía en vestir de manera lúgubre. Conque el mantón, de puro bello («envolverse en él es como vestirse con un cuadro»), fue desterrado por vulgar, cuando en realidad era como los cuentos de la infancia«candoroso y rico en color, fácilmente comprensible y refractario a los cambios de la moda». Galdós comparaba la oposición popular al imperio de lo triste con la resistencia a las tropas napoleónicas. Aunque las gentes del pueblo llano se aviniesen a llevar capas oscuras, mantenían, a modo de desacato, pañuelos de colores.

En Cataluña ha pasado precisamente lo contrario. Después de pintarles la cara de amarillo chillón, bajo la promesa de paraísos diapreados y multicolores, a la gente se le ha quedado el rostro tristón y macilento. Como en los tiempos de bufones y albardanes, el humor se convierte en un acto de insumisión. Al pueblo se le puede mantener en la pobreza o en la ignorancia, pero siempre será más listo que sus élites.

 

 

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