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“¿Qué es un clásico? Un clásico es oír a Bach por primera vez”

Foto: Aziz Acharki | Unsplash

Recuerdo el día en el que me refugié del invierno escocés leyendo a Coetzee. Recuerdo las medias de algodón, el edredón macizo, la sospecha del gélido piso de madera que evitaría por horas largas y letárgicas. Era fin de semana. En mis manos tenía Stranger Shores, una colección de ensayos de Coetzee que mi amigo Ibsen Martínez me regaló cuando era todavía yo muy joven para leerlo. Lo cogí esa mañana casi sin querer. Completamente desprevenido.

En un ensayo titulado What Is A Classic? el premio nobel sudafricano habría de darme, en menos de dos páginas, tres pepinazos de una agilidad y dureza propias solo de algunos escritos y pocos guantes de boxeo. Tu-cu-plún. Fue una sucesión de imágenes tan voraz que casi me tumba de la cama. Tuve que levantarme de ella para hacerme un café y coger, como decimos en mi tierra, un poco de mínimo. La violencia del golpe no era consecuencia de que me trajera imágenes terribles. Todo lo contrario, me las trajo hermosas. El problema era la inmensa coincidencia que venían consigo. De esas tan grandes que hacen que cuestiones tu salud mental frente a una greca de café.

Estas eran: un niño de quince años en el jardín trasero de una tarde suburbana en Cape Town que escucha una música venir de la casa del vecino y se congela. Otro, de doce, que en el estudio de su casa en Caracas se pasma oyendo la música de una película y la pausa, para hacer fast-forward y buscarla en los créditos. Y un tercero, ya en ese momento de veintidós, resguardado en un búnker de sábanas en Edimburgo –donde otra vez la música, esta vez ya cargada de demasiadas sincronicidades — y el pepinazo y el café. Todo producto de una simple oración. “¿Qué es un clásico?” –inicia Coetzee– “un clásico es oír a Bach por primera vez”.

Coetzee admite que su familia no era de músicos, que nunca le habían interesado los instrumentos, que aquello para el adolescente que era entonces era hasta ridículo. Pero oír aquella música, en ese momento en su tendedero en Cape Town, había sido, y sería hasta el día de su muerte, una revelación. Desde entonces tengo menos vergüenza en admitir que a mí me ocurrió exactamente lo mismo. Yo también viví tal revelación. Tenía doce, la película era Capitán de Mar y Guerra, y el preludio era el primero de la primera Suite de Cello. Era la escena donde Darwin se recupera y llega a las Galápagos. Desde ese día la mayoría de cosas que escucho son composiciones de la misma persona: Johann Sebastian Bach. Era el caso aquella mañana en Edimburgo. Y es el caso hoy domingo en Madrid.

Mis próximos repartos, queridos lectores, serán una serie de críticas misceláneas. Que sirva, pues, esta anécdota como declaración de principios. Uno solo: a pesar de saber no poder dar contraargumentos que basten, estoy enfurecidamente en contra del subjetivismo estético. Me importa poco no poder defenderme más que con imágenes y supuestas revelaciones. Pues creo fielmente en los clásicos. Creo en ellos con toda mi alma.

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