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¿Qué ha hecho -y qué puede hacer- Europa?

"Lo único cierto es que este virus tiene un origen político, la tiranía comunista de partido único que todo lo controla y (casi) todo lo oculta. Eso es China"

Foto: Virginia Mayo | AP

Nada volverá a ser igual después de la pandemia. Las cifras de víctimas del COVID-19 lo demuestran. Se cuentan por decenas de miles ya en Europa. Vivimos un drama humano, social y económico real que va a marcar nuestras vidas.

El origen de esta pandemia podrá ser un pangolín mordido por un murciélago en un mercado de la esquina más remota del mundo, si tratamos este asunto desde la biología. Simplemente no lo sabemos. Haremos bien en mantener un sano escepticismo crítico con toda la información que nos llega de China. De momento lo único cierto es que este virus tiene un origen político, la tiranía comunista de partido único que todo lo controla y (casi) todo lo oculta. Eso es China. No lo olvidemos, porque en medio de la niebla en la que vivimos esta certeza nos orienta. Nos ayuda a separar el grano de la democracia de la paja de las dictaduras. Se ha acusado a la dictadura china de ocultación de datos sobre la magnitud real de este brote de coronavirus, de los fallecidos y contagiados. Los números oficiales parecen inverosímiles, a la luz de las lúgubres estadísticas europeas. Además, todo indica que el régimen trasladó información errónea a la Organización Mundial de la Salud, quien la replico sin las debidas verificaciones, disminuyendo así la sensación de peligro sobre el virus. Existe pues un vínculo indisociable entre la propagación del COVID-19 y el virus de la desinformación con que la dictadura china lo ha acompañado. Y hasta que no tengamos datos verdaderamente fiables sobre de lo que ha pasado y está pasando en el gigante asiático no podremos salir de esta crisis con la suficiente confianza.

Dicho esto, lo fundamental ahora es dar respuesta a la urgencia sanitaria y preparar la recuperación de la normalidad o, mejor, de la “nueva” normalidad que esperamos tener algún día. En primera línea están los Estados, sus profesionales sanitarios y fuerzas de seguridad, además de los miles de ciudadanos que están arrimando el hombro para atender a los enfermos y a sus familias, o simplemente quedándose en casa para evitar la propagación del virus. Los ciudadanos europeos estamos dando una muestra de solidaridad cívica que debe hacernos sentir orgullosos. Contamos, además, con la Unión Europea, que allí donde tiene competencias está respondiendo con celeridad. La suspensión de facto del Pacto de estabilidad y de las reglas de ayudas de estado, y la movilización inmediata de los fondos estructurales (37 mil millones de euros) y el programa de compra de deuda puesto en marcha por el Banco Central Europeo (750 mil millones de euros) son la mejor prueba. Claro que no puede compararse con los aviones chinos, cubanos o rusos cargados de “expertos”, mascarillas y banderolas. Aunque la Unión Europea también haya repatriado a miles de ciudadanos europeos que se encontraban en terceros países, en justicia hay que reconocer que no está programada para distorsionar la realidad.

A medio y largo plazo, las estimaciones económicas son alarmantes. Se habla ya de contracción del PIB de la Eurozona de más del 10% (Deutche Bank). Una pérdida de miles de millones de euros (léase empleos perdidos y empresas en quiebra). El comercio internacional seriamente afectado y las cadenas de abastecimiento interrumpidas. Así las cosas, hay quienes piensan que esta es una crisis asimétrica (en sus efectos) lo cual, para el proyecto europeo, es simplemente temerario. Quizás los países más afectados, por el momento, no tengan dificultades de financiación del gasto al que tendrán que hacer frente, gracias en parte a las medidas inmediatas tomadas por la Unión Europea. Pero existe un riesgo inasumible a medio plazo y si la situación se prolonga, si no pueden acceder a los mercados en los próximos meses. Entraríamos en una nueva crisis de deuda soberana que contagiaría de manera fulminante a sus socios. El resto nos lo podemos imaginar. 

Será necesaria una respuesta coordinada y audaz, en lo económico y en lo social, para recuperarnos rápidamente. La mutualización de la deuda, para aquellos gastos de emergencia en las que las naciones europeas han incurrido, para salvar vidas (no lo olvidemos), se antoja un mínimo común denominador. La Unión Europea tiene instrumentos para ello en los tratados (art. 122.2 TFUE), dispone de un mecanismo ad hoc, el MEDE, que bien podría utilizarse con una condicionalidad razonable, o podemos crear un fondo nuevo como propone Francia.

Pero también hará falta mucha más coordinación, por parte de los Estados miembros, de la que ha habido hasta la fecha. La reciente propuesta de la Comisión sobre un Seguro de Desempleo Europeo (SURE) es un buen paso en la dirección correcta, aunque muchos lo juzgarán insuficiente (no está claro de dónde salen los recursos para hacer posible la ambiciosa movilización de 100.000 millones de euros que pretende). Todos los recursos presupuestarios y toda la legislación europea deberán inexorablemente alinearse a las necesidades de esta crisis. Cuanto antes nos demos cuenta, antes volveremos a la “nueva” normalidad. Las instituciones tendrán que ser más imaginativas e innovadoras. Al fin y al cabo, Europa es producto del mundo de las ideas, e ideas hay muchas ya circulando para hacerlo mejor.

Pero los Estados miembros también deben coordinar sus respuestas a la crisis a través de las instituciones europeas. El cierre unilateral de fronteras ha obligado a la Comisión a garantizar corredores verdes para asegurar el aprovisionamiento de mercancías de primera necesidad (sanitarias y agroalimentarias). Es verdaderamente sorprendente la poca visión europea con que han actuado algunos estados. ¡Ante una pandemia, el mercado interior puede salvar vidas! Necesitamos más coordinación. También en las decisiones urgentes de carácter económico que se están tomando y, sobre todo, la necesitaremos para la paulatina salida del estado de hibernación en el que viven nuestras economías, mientras no tengamos la vacuna. El Semestre Europeo debe encuadrar esa coordinación.  ¿Cómo podremos articular nuevos mecanismos de solidaridad si no practicamos la confianza a través de los mecanismos de cooperación que ya tenemos? Hay que preparar ya el camino hacia una nueva y mejor Europa.

Muchos ciudadanos se preguntan legítimamente donde está la Unión Europea en este momento de necesidad. Quieren más ambición y más presencia. Las cifras económicas dicen poco cuando las UCIs están repletas y el material no llega. Esta es la peor crisis que ha vivido Europa desde la Segunda Guerra Mundial. Bien merece acelerar las licitaciones de material sanitario y respiradores, movilizar un cuerpo europeo de intervención rápida para atender a los enfermos y paliar la masificación de los hospitales o financiar los vuelos de traslado de pacientes entre territorios europeos. Aunque no se tengan competencias, Europa tiene la capacidad y la experiencia. Cuando la emergencia pase, recordaremos la enorme labor de los profesionales de la sanidad, las fuerzas armadas, los trabajadores que hacen posible nuestro día a día, la sociedad civil e incluso una industria volcada en ayudar. Llegará el inevitable juicio político, también, a la Unión Europea. Seguro que quienes hoy la dirigen sabrán conservar el valiente legado de solidaridad de hecho que han heredado.

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