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Qué hacemos con los expresidentes

"Sería deseable, por el bien de nuestras instituciones, que algún día fuéramos capaces de reunir a los expresidentes para algo más que no fuera contar historias de abuelo cebolleta"

Foto: Lavandeira jr | EFE

Poco se habla del papel de los expresidentes en España. Y lo poco que se habla suele orbitar en torno a dos ideas.

La primera, el ajuste de cuentas con efectos retardados, como una venganza póstuma y crepuscular por todo lo que se dijo y que hoy sobrevive en esa gigantesca y maldita hemeroteca que es YouTube.

La segunda, con fines exculpatorios. La de limpiar de toda adherencia malsana el legado de un ex al que su condición de inofensivo jarrón chino (González dixit) le haga acreedor de una extraña mezcla de simpatía absolutoria y nostálgica añoranza. Algo de esto último hay a cuenta de la resurrección de la figura de Mariano Rajoy en estos días de tournée mediática con motivo de la presentación de su libro.

No tengo la intención de hacer ni lo uno, ni lo otro. Ni rescatar episodios poco edificantes de la gestión pasada, ni de buscar la absolución histórica con la morriña de un tiempo repleto de simpáticas tautologías, que engañan el subconsciente a cuenta de imaginarnos más jóvenes, con más vitalidad y menos canas.

Estos días, con el expresidente paseándose por el Hormiguero, por momentos he tenido la sensación de que veríamos a Rajoy convertido en simpático icono pop, al estilo de lo que ocurrió con Chirac en la vecina Francia. A este respecto, busquen en Google la imagen del exmandatario galo impresa en camisetas molonas, perfectas para un look festivalero.

Mi respeto reverencial, y un poco místico, por la alta magistratura, me lleva a imaginar y desear algo distinto para nuestros expresidentes. Una especie de consejo áulico, donde hombres que han llevado sobre los hombros el peso del poder se unen más allá de lo que dictan las lealtades ideológicas para compartir conocimientos y poner al servicio del país el valor de la experiencia adquirida.

Ahora que los resultados de las elecciones británicas proyectan en el horizonte un segundo referéndum de independencia en Escocia, conviene rescatar un ejemplo, en Reino Unido, del valor de un expresidente.

Corría el año 2014. Las encuestas pintaban bastos para la causa unionista en vísperas del referéndum escocés. Era la primera de las dos consultas con las que Cameron tenía previsto jugarse su futuro político a la ruleta rusa. Huelga decir que a la segunda —la del Brexit— no sobrevivió, pero esa no es la cuestión ahora.

En aquella primera votación binaria, alguien tuvo la brillante idea de recurrir a un ex primer ministro de nombre Gordon Brown. Y la decisión no pudo ser más acertada para la causa del no a la independencia escocesa. De cuando en cuando recupero el extraordinario discurso con el que levantó a las alicaídas huestes del “Better together.” Tan brillante, que recondujo el debate al terreno de lo material y lo sacó de la trampa identitaria, en la que los conservadores británicos estaban cayendo con todo el equipo por una razón: eran incapaces de intuir que la mejor razón para permanecer unidos no era el ardor patriótico de la Union Jack, ni las glorias del pasado imperial, sino el bendito —aunque hoy bastante decrépito— sistema de salud británico.

Seguramente haya más ejemplos edificantes de vida-más-allá-de-la-muerte de líderes reutilizados, como el de Brown. Líderes que escapan al destino escrito de una sepultura precipitada. No es nuestro caso, en una España en la que, como Rubalcaba solía decir, enterramos tan bien a quien ya no puede hacernos daño. 

Nada que objetar ante la indulgencia absolutoria del tiempo. Tampoco a la benevolente campechanía socarrona con la que juzgamos a quienes, en su momento, cometieron graves errores políticos y de gestión.

Pero sería deseable, por el bien de nuestras instituciones, que algún día fuéramos capaces de reunir a los expresidentes para algo más que no fuera contar historias de abuelo cebolleta, sobre la mesa del general Narváez o sobre los chismes de palacio.

Sería más honesto. Y sobre todo más útil en un país que le ha cogido el gusto a esto de jubilar a presidentes a edades insultantemente jóvenes.

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