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¿Qué líder necesita ahora el centroderecha español?

Foto: Juan Carlos Hidalgo | EFE

Hace unos días conocí por primera vez a un rajoyista. Es decir, alguien que de verdad creía en el proyecto político de Rajoy: no por conveniencia (no ocupa cargo alguno en el PP), tampoco por inercia (no siempre le ha votado). Un auténtico caso de fe. Hasta ese momento mis amigos se dividían entre aquellos que por ser de izquierdas despreciaban Rajoy y aquellos que por ser de derechas le detestaban. Como mucho alguno, apaciblemente centrista, le soportaba cual mal menor. Pero desde hace unos días tengo un nuevo amigo y a la belleza de toda nueva amistad se une mi hallazgo de que puedes pensar de veras que Rajoy ha sido benéfico para el centroderecha en España.

Mientras le acompañaba de copas nocturnas, traté de explicar a mi amigo que en cambio los datos no le acompañaban. Con Mariano Rajoy el PP se ha abismado al tercer puesto en las encuestas: algo que no ocurría desde que Manuel Fraga hiciera campaña electoral, escudo y espada en ristre. Con Rajoy el PP ha gobernado seis años y medio; pero nadie es capaz de recordar seis leyes y media por las que haya de pasar a la historia. Con Rajoy otros dos partidos (Ciudadanos y Vox) han llegado a disputar el espacio nacional del centroderecha, hecho inaudito desde que feneciera la vieja UCD. Cierto es que las cosas podrían haber ido peor, y que estamos vivos para comentarlo, y que por comparación con la muerte todo cuanto ocurra no puede ser demasiado grave. Mas a algunos nos gustaría que los partidos sirvieran para algo más que para colocar a sus fieles: y ese algo bien pudiera ser defender ideas.

Mi amigo sin embargo, como buen rajoyista, cree que las ideas son lujos que nos podemos permitir profesores, columnistas y publicitarios; pero un político ha de ocuparse solo de la economía, que lo demás se le dará por añadidura. ¿Es el rajoyismo un materialismo, acaso incluso una forma gallega de marxismo? Reconozcamos que hay una veta liberal y conservadora que siempre ha sentido hastío ante el deber de hacer política. Porque ello implica reconocer que esta es importante; mientras que para un liberal o un conservador la política debería perder relevancia, inquietantes como resultan los políticos (y su afán de ordenarlo todo) para con nuestras libertades y nuestras costumbres de bien.

El rajoyismo, por tanto, y su obsesión por la mera gestión (así como, naturalmente, porque gestionen los suyos) no resultan fenómenos tan incomprensibles. Menos aún en España, donde ultraizquierda y nacionalismos tratan de someter al Estado a una constante amenaza de derribo. Ser el partido del sistema, dados los flirteos del PSOE con sus enemigos, pudo convertirse incluso en signo distintivo que cosechera abundantes votos, aunque carecieras de programa que supiese ir más allá.

Ahora bien, como ha señalado el politólogo Víctor Lapuente, esa estrategia, que le ha funcionado al PP durante lustros de bipartidismo, resulta obsoleta en el actual entorno multipartidista. En semejante contexto, más competitivo, los partidos deben dejar claro quiénes son. Y por eso los líderes del centroderecha europeos suelen lanzarse al debate público: “escriben columnas, ensayos”, explica Lapuente, “y dan conferencias donde no hablan de la coyuntura política, sino de la estructura ideológica de su partido: desregulación de los mercados, libertad de elección de los usuarios de los servicios públicos, respeto a los valores tradicionales, etcétera”. Frente a la parquedad comunicativa de Rajoy, los conservadores y liberales de otros países batallan mucho y suelen batallar bien.

Y es que creer que a los humanos no nos interesa adornarnos de ideas cuando la economía funciona contradice lo poco que sabemos sobre nosotros. De hecho, basta mirar en derredor para sospechar que cuánta más riqueza disfruta una sociedad, más puede permitirse el lujo de juguetear con unos u otros valores, con unas u otras ocurrencias. Por locuelas que sean. Y si los liberales y conservadores no estamos en ese juego, lo habremos perdido de antemano.

Por este motivo, el actual proceso de primarias del PP es ya, en sí mismo, buena noticia. Frente a la obsesión rajoyista por “candidaturas de unidad” (léase: no queremos debate), frente a la náusea sartreana por “tener que elegir” (léase: no queremos debate), al final casi todos los candidatos se han visto obligados a decirnos qué quieren para España, no solo que la quieren.

Especial mérito hay que reconocer ahí al documento (de hálito liberal) presentado por José Ramón Bauzá y Percival Manglano. Un texto riguroso y valiente que forzó a posicionarse a casi todos los postulantes, menos a una (que por vídeo insistía en que ella solo desea dar dolores de cabeza a Pedro Sánchez, cual mera aspirante a jaqueca, en lugar de a presidenta). También hay que reconocer la labor en que desde hace años viene afanándose la Red Floridablanca, empeñada tanto en debatir ideas liberales y conservadoras como en democratizar el PP.

A resultas de todo ello, dos candidatos han pasado a la segunda ronda del peculiar método de elección pepero. Una, Soraya Sáenz de Santamaría, representa el último vestigio de rajoyismo (un rajoyismo del que probablemente ya haya abjurado incluso Rajoy); la esperanza de gobernar sin más programa que “nosotros somos la gente de bien (aunque algo corruptilla), votadnos que si no viene Podemos”. El otro, Pablo Casado, parece haber entendido que el PP no ha perdido el Gobierno por un accidente imprevisible, sino que múltiples imprudencias lo presagiaban. Y está dispuesto a luchar por hacer un partido atractivo, no un partido de meros resignados.

Como la vida se parece a las malas novelas (este es el motivo, de hecho, por el que son malas), mientras mi nuevo amigo rajoyista y yo tomábamos nuestra tercera copa entró la candidata Sáenz de Santamaría en el hotel vallisoletano donde nos recreábamos. Era el último día de campaña. La rodeaban decenas de afiliados al PP. Me acerqué a escucharla. Les arengó contra Pedro Sánchez (como dice Víctor Lapuente, esto es lo que los filósofos llamamos via negativa). Les prometió, con tono de opositora recitando su tema de Derecho administrativo, que gracias a ella volverían a ser concejales. Dijo que no quería ser Macron (otra via negativa). Sentada, apenas se la veía entre la masa de militantes, mientras pegaba porrazos a los malos. Y yo, que soy más de copas que de bastos, volví con mi nuevo amigo, el rajoyista, que las nuevas amistades son bellas porque son amistades mas también porque, a diferencia de las cantinelas de Derecho administrativo, son nuevas.

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"La escenificación de una mentira es clave para trasladarla a la escena de lo debatible. Por ello, y conscientes de que la veracidad de sus afirmaciones se mantiene en cuarentena, la ultraderecha suele apostar por la convicción"