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Qué podría salir mal

"Mientras España necesita un diagnóstico realista, el Gobierno infravalora la crisis económica igual que ninguneó el peligro pandémico"

Foto: JJ Guillén | EFE

El otrora sologripismo oficial promete hoy una recuperación en V irreal. Mientras España necesita un diagnóstico realista, el Gobierno infravalora la crisis económica igual que ninguneó el peligro pandémico. Desenfocados, no acertarán con las medidas y todos lo pagaremos, pero, en el fondo, esto también lo saben. Así, para evitar la rendición de cuentas, ocultan a sus “expertos” con una opacidad que destapa su poca confianza en la sociedad y en la democracia liberal. Eso confiando en que haya “expertos” y que no estemos ante otro invento como el del ranking de la Universidad Johns Hopkins que Pedro Sánchez blandió y que ni la progresista CNN, ni nadie, ha encontrado. De momento, lo que sí hemos visto es a quiénes han elegido para la Comisión de la Reconstrucción (sic) Social y Económica de España: la presidencia, para el tribalismo partidista, y la vicepresidencia, para la demagogia ideológica, representante de las FARC y fan de Maduro.

Es evidente, pues, que detrás del postureo identitario siempre ha estado la ideología totalitaria. Si no pisoteabas el diccionario, si no la llamabas “portavoza”, te situaban entre el micromachismo y el fascismo; pero el plan iba más lejos. En la manipulación del feminismo había otra intención. Pretendían desacreditar al otro, logrando su silencio o su sobreactuación histérica, mientras preparaban el momento de desactivar las libertades. Así funciona la guerra subcultural: dificulta la negociación e imposibilita el reformismo. Poco les importa lo que pienses porque el objetivo es, para ellos, lo que eres. Lo que para Quim Torra eran “bestias taradas”, para Pablo Iglesias es “inmundicia” y es que para todo colectivismo identitario la deshumanización del adversario es más eficaz que la confrontación de ideas. Ay, el efecto secundario de las palabras, esa violencia verbal nunca acaba bien.

Ahora la crisis de la pandemia es su momentum. Crean altos cargos a mansalva, sin ética, ni estética. Celebran que millones de españoles pasen a depender del Estado. Son campeones de la solidaridad, pero con los recursos de los hijos y los nietos. Endeudados hasta las cejas decimos adiós al pacto entre generaciones. Su retórica revolucionaria no sirve para suplir su carencia reformista y más pronto que tarde su nula estrategia nacional dará como fruto unos recortes que ni en la Champions League de Zapatero. Y esto también lo saben. Por ello, desde Moncloa y Galapagar calientan la agitprop contra la oposición democrática. No están preparando al país para las próximas oleadas del coronavirus jugueteando con unos datos que tienen la misma fiabilidad que los test y las mascarillas que compran. Pero, cuando aquellas golpeen dejando la economía knock out, te dirán que te calles, capitán a posteriori, cómo se iba a saber que habría un rebrote, cómo se iba a saber que controlar precios provocaría desabastecimiento, cómo se iba a saber que machacando a los empresarios se destruiría empleo. O peor, culparán, de nuevo, al resto: al jefe de Estado, a la Justicia, a la oposición, a las autonomías, a la Unión Europea, a los padres o a los hosteleros que no abrieron “por comodidad”.

El socialismo español se instala definitivamente en el modo procesista catalán, en la irrealidad subvencionada. Es la peor manera de catalanizar España, pero, así, pueden prometer una cosa y hacer la contraria sin coste reputacional entre los suyos. Estos aplauden tanto a Sánchez que, con tonillo impostado, exige no politizar la tragedia, como a los insultos de Lastra o los tuits desaforados de la cuenta oficial del PSOE. Al único Gobierno que se puede criticar es al de Ayuso y, bueno, al de Rajoy. Mientras, el resto nos quedamos anonadados ante tanta credulidad. Anonadados e indignados con fundamento. Se han creado dos mundos paralelos.

En definitiva, esconden la realidad del presente y los sacrificios del futuro. Tratan a la sociedad con infantilismo, exacerban las diferencias y afrontan la crisis múltiple con las peores ideas. Mucho dirigismo, poca autoridad moral y ningún mérito. ¿Qué podría salir mal? Con esos mimbres, todo.

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