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¿Queréis saber qué es la democracia?

Foto: Eugène Delacroix | Wikimedia Commons

En plena efervescencia revolucionaria, Marat propuso cortar 270.000 cabezas. Como alguien lo consideró un bárbaro, se justificó atacando: “¡Pues sí, esa es mi opinión! Y es una atrocidad que estas gentes hablen de libertad de opinión y no quieran permitirme la mía”. Medio siglo después, en la sala de la Redoute, donde se reunía el club Blanqui, un obrero impaciente se revolvió así contra la cháchara que venía escuchando: “Todo esto es muy bonito, pero de lo que tenemos que tratar es de la isla de Polonia”. Alguien le replicó: “No existe la isla de Polonia”. “¿Qué no existe la isla de Polonia? —protestó el obrero— ¿Quién es el reaccionario que está hablando?”

Cualquiera con experiencia asamblearia sabe muy bien que del individuo que alza la voz se puede esperar cualquier cosa.

En el Teatro de Oriente —así llamaban los republicanos al Teatro Real de Madrid— tuvo lugar el 25 de septiembre de 1854 un agitado mitin de la Juventud Democrática. En su inicio, González Bravo lanzó desde un palco de Platea este grito entusiasta: “Joven democracia, yo te saludo”. En aquel momento, un carpintero que entraba en la sala, pidió la palabra “contra todo lo que ha dicho y haya de decir ese hombre”. Los debates, agotadores por prolijos, avanzaban con tanta lentitud, que no gustó nada que un joven completamente desconocido de 22 años, tuviera la osadía de levantarse de su asiento y pedir la palabra para preguntar, sin complejos: “¿Queréis saber lo que es la democracia?”.

Con esta pregunta se reveló ante la nación un político de fuste, una de las figuras más nobles de nuestro siglo XIX, Emilio Castelar, cuya trayectoria vital parece haber sido escrita como correctivo epilogal para cualquier tratado de filosofía política utópica.

La democracia es una aritmética del voto, una geometría de la representación, una ilusión sobre la identificación del gobierno y el pueblo, la esperanza de una soberanía popular que no necesite excluir a ninguna fracción de sí misma, un culto a la persuasión retórica… pero con todo esto no basta. Necesita, además, una cierta experiencia crítica de sí misma, que es lo que quiso darle Castelar al final de su vida, cuando, sanado ya del triste vicio de ser revolucionario, reconocía que la respuesta que ofreció en 1854 estaba guiada por la esperanza, pero que el país necesitaba respuestas guiadas por la experiencia, porque “así como con los años se caen de la boca los dientes, justo es que, en sabia compensación, se caigan de la mente las tonterías.”

La experiencia democrática le enseñó a Castelar tres cosas fundamentales: “la impureza nativa de toda realidad”; que más importante que educar revolucionarios es educar ciudadanos; y que, en España, la democracia sólo podía adquirir el rostro de una república conservadora o de una monarquía democrática. Se convirtió así en un profeta prudente que, como todos los profetas que dicen la verdad, predicó en el desierto. Ahí van dos muestras.

En 1888 advirtió desde Barcelona: “Si os proponéis fundar una República contra la propiedad secular, contra la unidad nacional, contra la Iglesia católica, o no la fundaréis nunca, o trayéndola en medio de la tempestad, retumbará mucho y brillará mucho, pero por poco tiempo, como retumba el trueno y como brilla el rayo”.

Ante la posibilidad del triunfo de las ideas socialistas, llamó la atención sobre los peligros que este triunfo traería consigo: la creación de un estado monstruo al que se le pedirá que saque con una varita mágica “agua de las peñas”; unos contribuyentes obligados a prestarle “un duro al gobierno” para recibir a cambio “medio duro”; un “ejército de burócratas” gestionando un “Estado prestamista” que, aunque se presentará a sí mismo como “Estado Providencia”, será en realidad un “Estado absoluto” que acabará escudriñando las conciencias; la reducción de la libertad económica, que no redundará en beneficios para el trabajador; la imposición de una ideología empeñada en rehacer la naturaleza humana. Un Estado socialista, concluye, “resultará siempre triste retrogradación indigna de las grandes ascensiones al derecho de nuestra sociedad contemporánea”.

Ciertamente, los debates interminables que se enredan una y otra vez en sí mismos, cansan; a la imperfecta realidad a veces dan ganas de pisotearla; la esperanza traicionada puede desembocar en el escepticismo, etc. Por eso mismo hemos de mantener viva la pregunta sobre qué es la democracia. La respuesta nunca es obvia.

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