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¡Queremos flaaaaaan!

Foto: Marcos Brindicci | Reuters

“Vamos a decir la verdad: a vos se te prendió fuego la casa, afuera hace frío y tenés 12 hijos. Entonces vienen los 12 y te dicen: ¡Queremos flan! ¡Queremos flan, papá! ¡Flaaaaaaannn! Y cuando vos intentás explicarles que unos HdP le prendieron fuego a la casa, ellos te contestan que no es cierto, que los que vos acusás de incendiarios son sus amigos y no hicieron nada, y siguen dándole al bombo y gritando: ‘¡Queremos flan! ¡Flaaaaaaannn! ¡Hijos de puta, no nos quieren dar flan!’”. Así se burlaba el cómico y actor Alfredo Casero en un programa de la televisión argentina de la oposición peronista que culpa al presidente Mauricio Macri de la grave crisis que vive el país e ignora la pesada herencia del anterior gobierno de Cristina Kirchner. La frase se ha convertido en un movimiento viral en las redes y recientemente en las calles de Buenos Aires, donde miles de manifestantes claman porque el Senado retire el aforamiento a la anterior presidenta para que sea juzgada por los múltiples casos de corrupción en los que está siendo investigada. Detallados en los ya famosos cuadernos del chófer Óscar Centeno, se sospecha que estos casos han supuesto el desvío de miles de millones de dólares de las Arcas Públicas de un país que es muy probable ostente ya el récord mundial como receptor de ayudas del Fondo Monetario Internacional: 20 rescates en 60 años, durante los cuales ha protagonizado ocho impagos de la deuda internacional y múltiples periodos de hiperinflación y devaluación.

De nuevo intervenido por el organismo multilateral, del que va a recibir 50.000 millones de dólares a cambio de aplicar un programa de reformas e impopulares medidas de austeridad, detractores y defensores de las políticas de Macri para liberalizar una de las economías más intervenidas del continente americano, se afanan en buscar culpables. Incluso desde España, Podemos, el partido que aún está por pronunciarse sobre la gestión del gobierno de Maduro en la vecina Venezuela, donde la inflación anual asciende a 1.000.000 por ciento y el índice de pobreza afecta al 87% de la población, señaló en un reciente comunicado que las medidas neoliberales de Macri son las culpables de la grave crisis y reiteró su apoyo a los peronistas obviando, la corrupción de la anterior Administración y el dudoso legado de los doce años de gestión económica, concretamente los ocho de Cristina, de los Kirchner.

¿Qué importa si el control cambiario heredado mantenía artificialmente al peso y limitaba a sólo dólares la moneda en que podía financiar su deuda el Estado argentino? La mejor muestra del fracaso de esta política fue la caída del 30% del valor de la moneda cuando Macri la levantó nada más llegar al poder en diciembre de 2015, con la consecuente explosión de la inflación y el servicio de la deuda. ¿Y qué si las reservas en divisas cayeron un 40% durante el mandato de la polémica presidenta o si el país pasó de tener un superávit fiscal del 3,2% del PIB en 2007 a acumular un déficit del 7,2% al final de su gobierno, el más elevado desde 1982? ¿O si la crisis actual está causada por la sequía que ha afectado a las exportaciones agrícolas argentinas, cuya industria agroalimentaria representa el 60% de los ingresos del país en divisa extranjera? ¿Qué hay del efecto contagio de la crisis turca que está afectando a todas las economías emergentes, como Argentina, debido al impacto de la apreciación del dólar en el pago de su deuda pública y privada denominada en esa divisa, que por cierto se ha multiplicado por dos en los últimos años? ¡Ah! Pero estamos en la era de la postverdad, amigo. Y los datos se usan, ignoran o interpretan a gusto del consumidor.

¿Puede la crisis de las economías emergentes, encabezada hoy por Turquía y Argentina, suponer el colapso de estos mercados financieros y arrastrar en el camino al resto? En el caso argentino, la asistencia del FMI ayuda a recuperar la confianza de los inversores extranjeros y permite seguir financiando el gasto público ante la imposibilidad de acudir a los mercados internacionales, pero el coste de las medidas de ajuste de las cuentas en una población ya depauperada (el índice de pobreza, que Cristina Kirchner dejó de publicar en 2013 argumentando que se situaba en el 5%, un punto por encima de Alemania, y que Macri recuperó, se sitúa en el 26%) amenazan con agravar la crisis social. Y la subida de los tipos de interés al 60% para frenar la especulación contra el peso argentino y contener la inflación, en el 31%, hacen difícil vislumbrar una salida a la recesión.

¿Aplica el FMI las recetas de siempre? ¿Las mismas que durante la crisis del euro supusieron un coste innecesariamente alto en la población más vulnerable, como admiten muchos economistas ahora, incluidos los del FMI? ¿Las que han provocado un desencanto con el proyecto europeo y dado lugar al ascenso de populismo de derechas e izquierdas en el viejo continente? El último episodio, la aparición en Alemania de un partido de extrema izquierda Levantarse (Die Linke), que comparte el discurso antiinmigración y proteccionista de la ascendente y ultraderechista Alternativa para Alemania (AfD), que es ya la tercera fuerza más votada. Todos pescan en las mismas aguas revueltas del descontento popular. El riesgo que observan muchos inversores en Argentina es que el coste social devuelva al poder a un gobierno populista. Y aunque la directora general del FMI, Christine Lagarde, asegure que en el programa pactado con el Gobierno de Macri se ha pactado preservar el gasto social, la profundidad de la crisis amenaza con dejar este compromiso en papel mojado.

Y la nueva amenaza de Donald Trump, siempre Trump, de aplicar una subida de aranceles a productos chinos por valor de 256.000 millones de dólares (la mitad del total que importa del gigante asiático) complica aún más las cosas para economías emergentes como la argentina, muy dependientes de sus exportaciones a China, cuyo crecimiento se ve ahora amenazado por la guerra comercial. En el décimo aniversario del estallido de la crisis financiera que marcó el colapso de Lehman Brothers en septiembre de 2008 y que sumió al mundo en la peor recesión sufrida desde la Gran Depresión de los años treinta del siglo pasado, cabe preguntarse si estamos mejor preparados para evitar una crisis sistémica. Hay mucho experto que con motivo de esta señalada fecha cree que no (The Financial Times recoge en recientes ediciones diversas opiniones al respecto). Dos datos: frente al descenso de la deuda de los hogares, las empresas y los Estados en los peores años de la crisis, esta ha vuelto a subir sin pudor. Y los grandes bancos centrales han gastado demasiada munición en estos últimos años de crisis como para actuar con igual eficacia.

En 1943, el gran economista John Maynard Keynes, le escribía a un amigo: “Aquí estoy de vuelta… en el Tesoro como un decimal periódico, pero con una gran diferencia. En 1918 la idea de casi todos era volver a la situación anterior a 1914. Nadie se siente así en 1939. Y eso marcará una enorme diferencia cuando nos pongamos a trabajar en ello”. Y así fue. El New Deal ideado para la administración de Franklin D. Roosevelt marcó un antes y un después en la historia de la economía moderna y permitió al mundo salir de la Gran Depresión y crecer durante décadas. Lo que estamos viviendo se parece, lamentablemente, más a 1918 que a 1939.

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