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Quien no obedezca, no comerá

El socialismo, como demostraron Ludwig von Mises y Friedrich A. Hayek, es un error de consecuencias trágicas. Es un error, porque su aplicación impide que se formen los precios, y sin ellos no se puede hacer un cálculo de qué producir y con qué. Y el resultado es un caos. Otros autores inciden en que los incentivos son perversos, y llevan a las instituciones a actuar en contra de la sociedad de forma generalizada y, dentro de lo que cabe, sistemática.

El socialismo del siglo XXI en Venezuela es como el de cualquier otro siglo, un desastre sin paliativos. El desabastecimiento ha ido afectando a todos los bienes, siguiendo el camino inverso de la pirámide de Maslow, hasta llegar a lo más básico: la comida. La “experiencia democrática venezolana”, como la llamó Almodóvar, somete al pueblo a la tiranía del hambre. Este efecto típico del socialismo lo han convertido en un nuevo instrumento para ejercer un control político de la sociedad. Han creado unos Comités Locales de Abastecimiento y Producción (CLAP), unos tentáculos del deleznable régimen venezolano que repartirán la comida con cartillas de abastecimiento, sólo para los adeptos al chavismo.

Erika Farias, una suerte de Juan Carlos Monedero del régimen de Maduro, lo ha dicho a las claras: Los CLAP “no son para los escuálidos”, que es como llaman cínicamente a la oposición. “Los CLAP son cuadros políticos, de defensa del pueblo; no lo negamos”. El pueblo son ellos, claro está.

En ocasiones son los mismos socialistas los más críticos con sus ideas. Como el socialdemócrata Leon Trotsky, quien escribió en septiembre de 1936: “En un país en el que el Estado es el único patrón”, esto es, bajo el socialismo, “el antiguo principio ‘quien no trabaja no comerá’ se reemplaza por este otro: ‘quien no obedezca, no comerá’”.

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