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Quiero tartas

Foto: Shannon Stapleton | Reuters

“Quien parte y reparte, se lleva la mejor parte.” Esto lo decía mi madre, con un guiño, al cortar una tarta. Cuando se habla de igualdad entre hombres y mujeres en el mundo de las letras, siempre pienso en esto, y mi mente desbarra hasta imaginar a la mujer que dio a conocer al mundo las tartas gráficas: Florence Nightingale, pues solo a una mujer podía ocurrírsele la ideaza de dibujar en gajos de la tarta los porcentajes de una encuesta, de un estudio o de un muestreo, para que sus teorías sean comprendidas de un golpe de vista por los golosos varones. Florence, enfermera y genia, quiso introducir en 1885 las normas de higiene en los hospitales, al ver que los soldados de Crimea caían como chinches a causa de la disentería y apenas morían por culpa de un balazo. Para demostrar sus observaciones ante los incrédulos varones del ministerio de la guerra, se inventó esto de las tartas y las porciones y la imagen tan brutal que vieron los convenció, pues ya sabemos lo de las mil palabras inútiles ante una imagen demoledora. Los hospitales comenzaron a poner azulejos en las paredes, a limpiar, a usar lejía para los suelos. Las sábanas se lavaron con alegría, las aguas fecales se separaron de las trincheras y la mortalidad cayó drásticamente.

A nadie se le escapa ya, yo creo, que las mujeres reciben tan solo el diez por ciento del pastel de los premios literarios. Pongo algún ejemplo, que vienen siempre bien para ilustrar. El año pasado, Cristina Fernández Cubas recibió el Nacional de narrativa, pero hemos de remontarnos veinte años para encontrar a otra mujer en el palmarés y desde el 77 solo ha habido tres (Carmen Martín Gaite en 1978 y Carme Riera en 1995). Cuarenta años, tres mujeres. En total desde 1924, 67 hombres y 6 mujeres y Concha Espina lo recibió dos veces. ¿Os imagináis esa tarta gráfica del premio nacional? Bien. A mí esto me molesta muchísimo, sobre todo porque siempre se dice eso de que no hay suficientes mujeres buenas, de que, claro, las mujeres están atrás y no han llegado aún a la paridad, es decir, que no escriben tanto como los hombres, o no están suficientemente introducidas en el sector. Se tiene así la idea de que en literatura hay una mujer por cada diez hombres, a juzgar por los participantes de festivales literarios de reciente notoriedad. Entonces yo, que soy muy fan de Florence Nightingale, sigo imaginándome tartas. En este caso, una real, la tarta de cuántos hombres escriben y publican en España y cuántas mujeres escriben y publican en España. Quiero ver esa tarta para estar segura de la realidad antes de hacer valoraciones. Me voy a internet, que es donde yo busco las tartas y por supuesto, no hay ninguna a mano. ¿Cómo? ¿No hay estudios popularizados sobre el impacto de la igualdad y las leyes que llevan décadas en vigor en el mundo de la cultura? Ha de haberlas, seguro, ha de haber tartas de todos los colores, pero andan escondidas. ¿Y cómo puede ser que anden escondidas? ¿Por qué no rulan estas tartas como si la vida fuese una fiesta de cumpleaños? Luchadoras de la mujer, hacen falta los datos de forma clara y concisa para que los periodistas puedan hacer sus artículos a toda mecha, para que de un golpe de vista veamos lo que se cuece en el horno de la cultura. Así, sin la prueba del delito, sin tartas que poder arrojar, todo es percepción. Todo son conclusiones sacadas de la lógica, que ya sabemos que está cargada de errores, ideas equivocadas, arbitrariedades y malos repartos.

Si solo vemos la superficie, parece que existe una mujer por cada diez hombres en un cartel anunciador de un festival, si solo hay una mujer por cada veinte hombres en un premio, parece que las mujeres escriben mucho peor, si solo publican en tal editorial exquisita 25 mujeres contra 93 hombres, parece que de las carreras de letras salen solo un veinticinco por ciento de mujeres con talento, cuando la realidad es que salen el 60 por ciento y que el talento está repartido entre hombres y mujeres por igual. Si en una agencia literaria la desproporción es tan grande que solo tienen en cartera 44 mujeres frente a 98 hombres… ¿Qué argumentos puede cualquier ser humano sin tartas inferir? Hacen falta tartas. Tartas de colores. Grandes, hermosas, ilustradoras tartas. No queremos gritos ni tortas, sino tartas como espejos, donde se miren los editores y digan, “caray, ¿de verdad solo hemos publicado a veinticinco mujeres frente a noventa y tres hombres en los últimos años?” “Hosti, tú, ¿en serio que en nuestro catálogo de autores hay 260 hombres y 123 mujeres?” Hacen falta tartas apetecibles, como ventanas a lo invisible. Si eres librero, hazte una tarta con los libros de tu escaparate. Dime a ver si te sale rica y gustosa o si te da que pensar. Oye, tartas caseras, hoy en la agencia, para desayunar con este pie de tarta: “pero leñe, ¿cómo puede ser que yo tenga el triple de hombres en cartera? ¿Es porque son más rentables? ¿Ha sido un despiste? ¿Es posible que refleje esto una realidad?” Mujeres y hombres del cine, de la cultura, cocinemos tartas y paciencia y hagamos palotes, cada uno en su casa, para llegar a una buena reflexión conjunta, porque la igualdad necesita del reposo de todos y de pensar un poco en cómo hacemos las cosas y por qué.

Una tarta: El 20% de las cátedras de universidad son de mujeres. Imaginaos el pedazo trozo que se comen los hombres, la imagen de seriedad varonil barriguda que reciben los alumnos, imaginad la merendola. Otra tarta: de las facultades de humanidades salen 60 mujeres de cada 100 humanos, tarta que no se ve reflejada en el engorde de la escritura visible, afamada, prestigiosa, por más que uno mire. No es un lamento. Es una necesidad.

El otro día me reí mucho con una anécdota que me contó el guionista y dramaturgo Ignacio del Moral. Al parecer, la hermana de Ignacio, que habla alemán, paseaba por la calle Barquillo de Madrid cuando escuchó a unos turistas alemanes sorprenderse de la cantidad de ciegos que había en la capital de España. En su caminar desde el hotel, estos señores ya habían visto unos cuantos invidentes, con sus gafas y su bastón, y pasmados por aquel tremendo panorama, elucubraban si acaso el brillo del sol contribuía a elevar el número de ciegos en la capital. Todos aplaudieron esta posibilidad y se habrían marchado a su país convencidos de la ceguera de los españoles a causa del brillo extremo, si no fuera por la políglota hermana de Ignacio, que les explicó que no es que en España tuviéramos un sol dañino y cegador, sino que la mayor proporción de invidentes que se cruzaban a su paso se debía, lisa y llanamente, a que la sede de la ONCE está ahí al lado.

A veces, para sacar al mundo de la ceguera, convienen cosas como no buscarle tres pies al gato. Conviene que rulen las estadísticas. Conviene saber que la percepción más lógica es una bobada. Conviene que los gobiernos, los libreros, las madres y las asociaciones de todo pelaje, tengan las cifras actualizadas en breves y demoledoras imágenes contundentes porque no hay mil palabras que sustituyan a una buena tarta. Escuchemos a las genias, que de estas cosas de convencer a los hombres por el estómago saben algo, y acordémonos de Florence Nightingale y de sus sabias frases, para que nos ilumine el camino:
“La observación indica cómo está el paciente. La reflexión indica qué hay que hacer. La destreza práctica indica cómo hay que hacerlo. La formación y la experiencia son necesarias para saber qué observar y cómo observar, cómo pensar y qué pensar”.
Sería estupendo que nos pusiéramos a ello, con ciencia y precisión, en lugar de quedarnos solo en discutir sobre las terribles razones para la ceguera de los españoles usando como muestra los transeúntes de la calle Barquillo hacia la calle Prim.

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