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Quiero un 'hater'

"Al admirador hay que cuidarlo para que no muera, pero al hater no hay manera de matarlo, lo cual granjea cierta relajación moral"

Foto: Icons8 Team | Unsplash

Aunque una es más de entrar al tropo que al trapo, este año le he pedido a los Reyes Magos un hater, un detractor de toda la vida, pero doctorado en redes sociales. “Dos o tres enemigos y dos o tres amigos. / Todo eso junto es la felicidad”, calcula Luis Alberto de Cuenca. Hay quien tiene enemigos, otros tienen a la suegra, pero a mí se me antoja este tipo de censurador incondicional cuya tirria no conoce festivos, cuadriculado como un gofre, con estómago y tiempo para leer cuanto escribes. Quiero uno madrugador, aseado, bien perfumado de irritación, que vomite la pulla con puntualidad y sea exclusivo, como el hater de Enrique García-Maiquez, no un freelancer del acoso, de esos que se meten con cualquiera y se levantan como cuentan que hacía Manuel Bueno, preguntándose a quién agredirán hoy.

Ruego me manden uno ilustrado, pues en el valle del hater, además de alcornoques, habrá también cerezos en flor. Que me corrija encaramado como un casteller sobre el Quijote, el diccionario etimológico, los ensayos de Montaigne y el Ulises de Joyce. Un arqueólogo del fallo, que descalifique con gracia, como Quevedo a Góngora y viceversa, que no escriba el insulto sin más, no vaya yo a pensar lo que Bernard Shaw cuando recibió una carta en la que solo ponía “imbécil”: “Es curioso, he recibido muchas cartas sin firma, pero es la primera vez que recibo una firma sin carta”. Que de llamarme tonta lo haga a la manera de Alberti con Alcalá Zamora: "Fue tonto en Priego —donde nació—, en Alcalá y Zamora". No me manden, Majestades, un maldiciente cuyo único ingenio sea retorcer mi apellido y espetarme “mojón”. Más original fue un profesor que me llamó Manchón el día en que, al agitar un rotulador, concebí una obra de innegable abstracción en la pared de clase que tenía a mi espalda.

Más que a los odiadores, hay que temer a los admiradores. Que se lo digan a Felipe VI, que ahora tiene de cortesano a Echenique, tocado por la varita transformadora del poder, y corre el riesgo de escuchar en la recepción del 12 de octubre la jota de “la minga, Dominga”. “¡De los aplausos vienen todos los horrores!”, sentenció Thomas Bernhard, presagiando una sociedad de egos inflados como copos de desayuno. Complacidamente atrapados en la placenta del like es imposible lograrse. Bendito hater que nos expulsa a la realidad con fórceps.

Hay que huir de la loa constrictor, del corsé de los piropos, de cuyos cordones tira cada gusto particular como si fuera la Mammy de Escarlata. Los elogios nos paralizan, nos vuelven esclavos de una expectativa que tememos defraudar. “Solía querer vivir / para evitarme tu elegía”, escribió Robert Lowell del suicida John Berryman. Al admirador hay que cuidarlo para que no muera, como al Tamagotchi, aquella mascota virtual de los 90, pero al hater no hay manera de matarlo, lo cual granjea cierta relajación moral. Bienvenidas sean las críticas. Amemos al hater, el mejor enemigo del hombre. Tenemos toda la muerte por delante para que nos alaben.

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