Enrique García-Máiquez

Quijote o Quijano, ésa es la cuestión

La cuestión no estriba, como creyó Unamuno, que casi acierta, entre don Quijote y Cervantes. La cuestión es si don Quijote es un personaje positivo o negativo. Y se responde con un “y”. La persona es positiva y el personaje negativo. Alonso Quijano el Bueno: más claro no pudo decirlo Cervantes.

Opinión

Quijote o Quijano, ésa es la cuestión
Enrique García-Máiquez

Enrique García-Máiquez

Profesor, poeta, columnista, crítico, traductor, provinciano, aforista, diarista. Todo junto y demasiado revuelto.

La cuestión no estriba, como creyó Unamuno, que casi acierta, entre don Quijote y Cervantes. La cuestión es si don Quijote es un personaje positivo o negativo. Y se responde con un “y”. La persona es positiva y el personaje negativo. Alonso Quijano el Bueno: más claro no pudo decirlo Cervantes.

Parecerá una alternativa moralista y maniquea, y más cuando la novela apuesta por la ambigüedad. Pero apuesta por la ambigüedad como una novela policíaca por la complicación del crimen, para resolverla. Si don Quijote te interpela personalmente, como ha hecho con tantos, aclararse acaba siendo una cuestión de vida o muerte. La que corroe a Sancho, sin ir más lejos, que ha empeñado su vida en seguir a su vecino, y anda ansioso por aclararse.

Sancho es el patrón de los que hemos caído bajo el magnetismo de don Quijote, y dudamos. Echarse al monte en pos de unos ideales anacrónicos (como lo son siempre los ideales) tiene un atractivo superior. Alonso Quijano lo hizo, tras Amadís de Gaula, aunque sin sombra de dudas. A Sancho, siguiendo a don Quijote, que sigue a Amadís, lo hemos seguido muchos: Rubén Darío, León Felipe, G. K. Chesterton, Unamuno y Nicolae Steinhardt, entre tantos. En mis inicios velé armas junto al caballero con un soneto que acababa: “Cabalgas sólo por ganar heridas / en causas justas, es decir, perdidas” [Ardua Mediocritas, 1997]

Más tarde, Cesáreo Bandera nos enseñó en Monda y desnuda: la humilde historia de don Quijote (Iberoamericana, 2005) la mentira de la ficción quijotesca y la verdad de la novela cervantina. Las aventuras de don Quijote son el esfuerzo necesario para desembarazarse de la ficción. Esto es, don Quijote sale a los campos a rescatar a Alonso Quijano de su engaño. El desengaño final es el desenlace perfecto, por mucho que Unamuno se pusiese como un energúmeno.

El Caballero del Verde Gabán, en cambio, no necesita ser rescatado: es el contraste clave. Por eso, en la lectura apasionada de El Quijote que hace Galdós, que se rebela contra lo ridículo y quiere salvar al Quijote como héroe, porque quiere salvar al héroe, Gabriel de Araceli acaba, sin embargo, al final, en la Aurea Mediocritas, como el del Verde Gabán.

¿Quiere decir eso que las desventuras de don Quijote son inútiles? No, en absoluto, son una equivocación necesaria, en lo vital, que, en lo literario, nos conquistan la ínsula de la novela moderna. Su necesidad la ve como nadie María Zambrano: “Al aparecer el mundo humano, los héroes míticos tienen que volver a recorrer el mundo, decaídos, haciendo la máxima penitencia que puede serle impuesta a un héroe: servir de burla.” [España, sueño y verdad, 1965].

Ni el Quijote cabalgaba solo, como yo suponía, ni las causas justas eran perdidas ni la penitencia queda sin recompensa. Las heridas y las burlas nos sirven para la más ardua conquista, la de uno mismo, y para la más alta hazaña, la de la verdad.

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