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Quo vadis, Europa?

Foto: Valery Hache | AFP

La tragedia de la autopista genovesa que ha sacudido Italia es muy italiana, sí, pero no podemos taparnos los ojos ante su dimensión europea. Es la de un continente que salió triunfalmente de la posguerra como líder de la modernidad en el mundo pero ha acabado, a lo largo del último cuarto de siglo, atenazado por varias formas de parálisis económica y social, de ensimismamiento, de abstrusas polémicas partidistas en las que los extremistas de derechas e izquierdas piadosamente englobados en ese eufemismo de “populistas” han dominado un estéril debate mientras la actividad creativa poco a poco se agostaba.

Sí, Italia es quizá la representante más clara de este proceso. Lo definía así Antonio Polito en su editorial sobre el colapso del viaducto de Génova en las páginas del ‘Corriere della Sera’:

“Renunciando a proyectar el futuro, estamos perdiendo incluso el ‘know-how’ para gestionar lo que ya tenemos. Cerrada la industria química, se acabaron los premios Nobel. Cerradas las centrales nucleares, se ha perdido la tecnología. También es así la historia del declive de un país. Los romanos legaron a Italia la más formidable red de carreteras y acueductos de la Historia, y a los bárbaros les bastaron pocos decenios de abandono para transformarla en un cúmulo de escombros”.

El último medio siglo de historia italiana debería ser estudiado en serio en toda la Unión Europea y servir de materia de reflexión, enmienda, reformas y cambio de rumbo. Porque, aunque a veces menos aparentes que en Italia, los mismos males apuntan en muchos otros países, desde la Gran Bretaña del ‘Brexit’ hasta la Hungría con rebrotes racistas, pasando por la España consumida por los nacionalismos excluyentes.

Los tres primeros lustros tras la II Guerra Mundial fueron en Italia, aparte de los de la eclosión del revelador cine neorrealista, de muy escaso avance para salir del marasmo. Quien llegaba a Suiza o Alemania en los años 50 se encontraba con una ingente masa de emigrantes italianos condenados al más absoluto proletariado, que huían de un país paralizado y hambriento. Pero a partir de 1960 -cuando esa emigración fue sustituida por la llegada desde España, Portugal y Turquía-, los italianos protagonizaron un resurgimiento espectacular. Sus industrias automóvil y aeronáutica, su ingeniería y, sobre todo, su dinamismo dispararon al país hasta colocarlo entre los líderes europeos. Y la pertenencia al Mercado Común les ayudó poderosamente, claro está.

Lo que hoy comprobamos, pero que ya habíamos visto desde los años 90, es que con la corrupción y con el divorcio entre el sector privado y una burocracia desfasada y desprestigiada, Italia perdió aquel impulso. Quien sufriese hace tres lustros aquellas interminables y caóticas obras de la autopista Milán-Turín ya vio cómo la maquinaria se trababa y detenía. Se afirmó que la vitalidad del sector privado permitiría sobrellevar la parálisis de un sistema político y de una Administración moribundos. Pero al final se hunde un viaducto, mueren docenas de personas y se ve que un país no puede sostenerse sólo por su sector privado.

Las instituciones públicas y la iniciativa privada deben funcionar juntos y al unísono para que Europa recobre la senda del crecimiento, la prosperidad y la seguridad. La tragedia italiana es como una parábola de lo que nos espera cuando esa unidad de acción, con ideas claras sobre el futuro, desaparece y es sustituida por el huero discurso de los extremistas de todo pelaje. Y cuando esos extremistas de diferentes tonalidades se juntan en un gobierno como el italiano -o en un caleidoscopio parlamentario como el que respalda al Gobierno español-, el caos se agudiza y acelera.

Sí, los ciudadanos, con sus votos, propician estas situaciones. Hay que esperar que empiecen a ver más allá de los discursos de un Beppe Grillo o de un Pablo Iglesias.

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