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Rajoy, un hombre de poder de otra época

Lo dijo Enoch Powell, un diputado conservador británico de discurso xenófobo, pero no por ello tiene menos razón: “Todas las vidas políticas, a menos que se vean interrumpidas de repente en un momento feliz, acaban en fracaso, porque esa es la naturaleza de la política y de los asuntos humanos”. El ensayista Ramón González Férriz la recordó en su Twitter durante la moción de censura contra Mariano Rajoy, y otros han traído a colación a Maquiavelo o a Julio César para explicar el baile de alianzas entre los distintos partidos. Hay algo verdaderamente trágico en el abandono del poder, un elixir al que pocos saben renunciar, como si fuera una tarea casi imposible volver a la normalidad de barrio residencial tras pisar la moqueta de los palacios del poder. Ahí está esa patología francesa que representan Mitterrand, De Gaulle o Chirac, fallecidos o enfermos tras dejar el poder, incapaces de adaptarse a la vulgaridad de una rutina de clase media.

La foto del ya expresidente Rajoy nos lo muestra estos días paseando rápido, o corriendo lento, en un parque a las afueras de Madrid. En las declaraciones dice que “no voy a ir por ahí diciéndole a la gente lo que tiene que hacer, que no me busquen para eso”, un recado evidente a la actitud ofuscada y egocéntrica de su predecesor, José María Aznar. Se le ve aún derrotado, con menos garbo y planta que otras veces, pero aún con el aura de bonhomía y despreocupación que destacaba en su forma de ser y comunicarse. Rajoy ha sido uno de los políticos que más tiempo ha estado activo en diferentes altos cargos, hasta culminar en una presidencia del Gobierno en un cambio de época en la que su perfil de conservador chapado a la antigua, con verbo y gafas de otra época, encajaba con dificultad. Rajoy era, como lo fueron anteriormente Juan Pablo II o Juan Carlos I, presencias eternas en la televisión que estaban de fondo, resumiendo una época.

Ocurre que, precisamente por ese papel de resumen de una época, es difícil reinventarse y no acabar resultando un cuerpo extraño en un tiempo distinto cuando las cosas cambian tan rápidamente. Le pasó también a Rubalcaba, y le pasará a Aznar si pretende volver a “reconstruir” el centro-derecha. Porque lo cierto es que en España, en Europa, en Occidente en general, las dinámicas sociales han cambiado, y Rajoy era, injustamente o no, casi una excentricidad en sus apelaciones al sentido común, a lo razonable, en su defensa de que “a veces en la vida conviene no moverse”. Transmite ahora una sensación apocada de no entender por qué se le rechaza, a él, que encontró a un país al borde de la bancarrota y lo dejó con dos millones de parados menos y creciendo al 3%. En su abatimiento y desconcierto me recordó a la caída de Edward Shevernatze en Georgia, que había sido uno de los líderes de la apertura soviética y se consideraba a sí mismo el artífice de la vuelta de la democracia en su país. No entendía por qué tanta gente le quería fuera.

Es difícil sustraerse al papel de chivo expiatorio que todo gobernante juega, y tampoco ha sabido hacerlo Rajoy. Sus años en el poder han sido los de la crisis y la post-crisis en los que varias generaciones se han socializado en un desencanto atroz, y sólo desde un liderazgo excepcional puede uno transmutarse y encarnar otra cosa que no sea la imagen de una época que se desea dejar atrás, también en todos sus aspectos simbólicos. Por eso Rajoy, aunque no hubiera caído del poder, ya era un político en declive irreversible a falta de que unas elecciones o una moción certificaran la muerte.

La búsqueda de la continuidad en el poder que mostró en la negociación agónica de los presupuestos tuvo algo de lastimero. El presidente se aseguraba dos años más de mandato sin otro proyecto real que mantenerse en el poder, imposibles como eran las reformas de calado en un Congreso en precampaña y paralizado por el miedo a las alianzas. Rajoy ha sido estos meses Bela Lugosi fagocitado por su propio personaje, incapaz de darse cuenta de la realidad de su figura. Y es que esa realidad era bien desagradable de asumir: la extendida sensación de fin de ciclo y de que, recuperado el vigor macroeconómico, ninguno de los problemas esenciales de España se resolvería con Rajoy en el poder. Ni los concretos de la crisis territorial, la precarización laboral o la brecha generacional, ni los simbólicos relacionados con la falta de autoestima y proyecto de país. Fue Rubalcaba quien dijo que en política no contaban tanto los años que tienes como los que llevas, y Rajoy llevaba demasiados y en una coyuntura muy compleja.

Fue otro político propio de Shakespeare como Lyndon Johnson quien, asediado por el conflicto de Vietnam y las protestas sociales de jóvenes y minorías, decidió no presentarse a la reelección en 1968. Tras dudas y martirios internos, llegó a la mortificante conclusión de que si había alguna solución a los problemas que asediaban al país, no pasaba por él. Johnson, que había puesto en marcha la Gran Sociedad (lo más parecido que EE.UU. ha tenido a un Estado del Bienestar), que había establecido programas de inclusión y discriminación positiva, que había luchado contra el racismo en las universidades, se iba por la puerta de atrás, incapaz de digerir y adaptarse a un cambio de época que ya funcionaba con otras coordenadas y que no atendía viejas hojas de servicio. Rajoy pudo haberse dado cuenta y haber dado paso a otro líder de su partido en 2016. Es humano que no lo hiciera, pero también un error.

En su haber está que el país no se convirtiera en Grecia, y también que durante aquellos meses aciagos mantuviera el temple y transmitiera la tranquilidad que seguramente no sentía. También su sentido del humor y su brillantez parlamentaria. Tenía un toque irónico y sagaz que lo elevaba por encima de la media, y echaremos de menos sus ocurrencias e improvisaciones en una época en la que los personajes públicos se han acartonado por el miedo a ofender. Pero su debe es muy nutrido: la sensación de administrador del poder que transmitía en unos años en que el país necesitaba que le dibujaran un nuevo proyecto, caído como estaba el faro europeo; la parálisis ante la corrupción y sus habituales muestras de apoyo a los acusados de corrupción, declaraciones que en la opinión pública se tomaban como el preludio de la prisión sin fianza; la desastrosa gestión del asunto catalán desde sus años en la oposición; la grisura de la mayoría de sus ministros o el nulo interés por la política internacional y la Unión Europea.

Cabe aquí una autocrítica urgente del PP, un partido en el que no saltaron las alarmas cuando todo esto era evidente, y que ha preferido chocarse contra las rocas con su líder por una lealtad mal entendida, a favorecer la renovación interna y marcar nuevos rumbos. El crecimiento de Ciudadanos le debe mucho a esta inercia orgánica. La insistencia de estos días en que haya un solo candidato de consenso, no es buena señal. El debate interno y la participación de los simpatizantes es uno de esos rasgos de la nueva era que Rajoy era capaz de asumir, mucho menos de liderar. En estos meses, Rajoy parecía estar en ese punto en el que uno necesita que lo salven de sí mismo, y debió hacerlo su partido.

Rajoy es un hombre de poder, de cuando éste se ejercía, se repartía y se conseguía de otra manera. Representa una época que mucha gente, también muchos de sus votantes, estaba deseando dejar atrás. Contra ese intangible, poco podía hacer, aunque hubiera salvado la moción. Con tantos años paseándose por nuestras televisiones y periódicos, no habría sido creíble un cambio a estas alturas. Como decía un personaje de la película Magnolia: “Puede que te hayas olvidado de tu pasado, pero tu pasado no se ha olvidado de ti”. Su gran error es haberse negado a asumirlo antes de que la realidad se lo mostrara de forma tan dura y, hasta cierto punto, degradante. Agua pasada, y sólo cabe desearle que le vaya bonito. Al lado de Aznar, tiene pinta de que será un grandísimo y honorable expresidente.

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