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Rajoy y el triángulo de Heinrich

Foto: SERGIO PEREZ | Reuters

Imaginemos a un conductor que un buen día, tras haberse trasegado varias copas de queimada, se lanza a conducir por una carretera llena de curvas, en medio de las cuales empieza a charlotear por el móvil sin manos libres, mientras duplica con su velocidad el límite legal. Si ese conductor sufriera un accidente, ¿sería de veras un accidente? ¿Algo accidental, contingente, inesperado, que alteraría el curso de las cosas tal y como estas deben ser? Pocos afirmarían, de haber reflexionado sobre el significado real de la palabra “accidente”, que aquello lo fue; muchos colegirían, sin necesidad de haber leído a Aristóteles, que el suceso resultó más bien lo previsible y normal.

Esta intuición en apariencia contradictoria (¿quizá muchos accidentes no sean accidentales?) es la que movió en 1931 a Herbert W. Heinrich, empleado de una compañía de seguros norteamericana, a publicar su obra más famosa. La dedicó a la prevención de accidentes “desde un punto de vista científico”. Su propuesta era sencilla de entender: por cada suceso trágico al que denominamos “accidente” (con muertes o lesiones graves) calculó que existen otros 29 casos que concluyen en daños de poca consideración. Y 300 ocasiones en que “por los pelos” la cosa acaba sin perjuicio alguno. Es lo que se conoce desde entonces como “triángulo de Heinrich”. Esforcémonos entonces, concluía Heinrich, en reducir el número situaciones que no nos parecen tan importantes, aquellas que están en la base del triángulo pues “Uy, por qué poco no ha pasado nada” o aquellas, algo más arriba, en que “Vaya, podría haber sido más grave”; y, como consecuencia natural, descenderán también aquellos otros trances que sí reputamos aciagos, los del ápice del triángulo. Pues estos accidentes graves no surgen de la nada, sino de la base formada por múltiples imprudencias pequeñitas previas.

¿Qué tiene que ver todo esto con el impasible expresidente Rajoy? Para empezar, recordemos que no es únicamente peligroso a la carretera quien conduce como el insensato bebedor de queimada citado al inicio. Igualmente lo son aquellos excesivamente cautos, que circulan a velocidad muy inferior a la mínima permitida, desmañados. El bólido rojo que avanza por la autopista a 200 kilómetros por hora no es más temible que el Simca 1000 que traqueteante se nos cruza en una curva. Cierto es que el primero puede acabar estrellándose contra un chalet de 600.000 euros en Galapagar; pero el segundo y sus achaques no son la única alternativa disponible a tan jovenzuelos excesos.

Analicemos a Rajoy, pues, como quería Heinrich, desde un punto de vista científico.

Frecuentemente hemos rodeado al ya expresidente con un halo de presunta invulnerabilidad; le ha envuelto a menudo toda una leyenda acerca de sus grandes dotes como superviviente político. Sin embargo, Heinrich nos diría, cada vez que veíamos a Rajoy salvar una situación que parecía desesperada; cada vez que salía airoso de un entuerto en que él solito se había metido; cada vez que admirábamos lo cerca que le pasaba la guadaña de su muerte política; todas esas veces, en vez de concluir, supersticiosos, que Rajoy tenía un especial pacto con los dioses, o baraka, o enigmáticos poderes, en realidad lo que ocurría es que el pontevedrés iba a acumulando lenta, inexorablemente, ladrillos en la base de su triángulo de accidentes. Ninguno de nosotros se montaría gozoso en el vehículo de quien hubiera estado docenas de veces en un tris de partirse la crisma, ilusionados por su “buena fortuna”; por motivos acientíficos, en cambio, muchos atribuían a Rajoy un aura mágica de especial inmunidad.

Hasta el viernes pasado, claro, en que acaeció el accidente. En que una coalición inverosímil de diputados eligió a un presidente inesperado y terminó de un plumazo con tan presunta indemnidad. A muchos sorprendería que por primera vez una moción de censura cosechase éxito en España. Al concienzudo empleado de seguros Herbert W. Heinrich, en cambio, no.

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