Jaume dUrgell

Razón y barbarie

La pena de muerte jamás puede ser una opción justa en una sociedad civilizada. Incluso las personas halladas culpables de las más horrendas atrocidades contra la Humanidad conservan su condición de seres humanos...

Opinión

Razón y barbarie

La pena de muerte jamás puede ser una opción justa en una sociedad civilizada. Incluso las personas halladas culpables de las más horrendas atrocidades contra la Humanidad conservan su condición de seres humanos…

Gracias a una foto-noticia aparecida hoy en THE OBJECTIVE hemos podido conocer que el Tribunal Supremo de Bangladesh ha optado finalmente por rechazar la apelación del equipo de letrados que se encarga de la defensa de Abdul Quader, secretario general adjunto del partido Jamaat-e-Islami, quien permanece bajo custodia de las autoridades esperando la ejecución —o no— de la pena de muerte que pesa sobre su cabeza, condenado en firme por crímenes de guerra.

Cobran especial valor las palabras que hace unos días pronunciaba la argentina María Claudia Cambi, vicepresidenta de la Fundación Internacional de Derechos Humanos, en el transcurso de su clase sobre persecución de crímenes de lesa humanidad, en el marco del Curso de Derechos Humanos que ha tenido lugar durante el último mes en el Instituto Universirario Euro-Mediterráneo (EMUI) de la Universidad Complutense de Madrid.

Al decir de la profesora Cambi: «Incluso las personas halladas culpables de las más horrendas atrocidades contra la Humanidad conservan su condición de seres humanos, y como tales, son depositarias de las garantías mínimas inherentes a la dignidad humana, singularmente: respeto a la vida y no tortura».

El respeto a los derechos fundamentales de este tipo de personas, no presupone una cesión al terror, ni una humillación a sus víctimas, sino que viene a subrayar el carácter cívico del conjunto de la ciudadanía constituida en sociedad democrática entorno a un Estado de Derecho.

La pena de muerte nunca, jamás, sin excepción puede ser una opción justa dentro de una sociedad civilizada. El Estado que decide llevar a cabo un asesinato ceremonial premeditado, convierte en cómplices de asesinato a todas las personas a las que dice representar.

Ante el desafío de hacer frente a los crímenes más horrendos, la justicia no reposa en la reciprocidad sino triunfo de la ética pública. Las víctimas merecen respeto, verdad, justicia y reparación… pero justicia no es venganza y de todos modos, ninguna venganza podría reparar el dolor causado por determinados actos de barbarie.

No somos iguales que los enemigos de la Humanidad. No les imitemos.

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