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Razones para el pesimismo

Foto: SERGIO PEREZ | Reuters

No son pocas las voces que, tras el precipitado cambio de Gobierno que ha propiciado la moción de censura del PSOE, han llamado a mantenerse a la expectativa respecto a los hechos que puedan resultar de los apoyos de formaciones abiertamente contrarias a la Constitución recabados por Pedro Sánchez. Es una demanda legítima la que llama a no ponerse la venda antes que la herida. Al cabo, se podrá argüir, si había que taponar políticamente alguna hemorragia en nuestra vida pública era la derivada de mantener como si nada al Ejecutivo de un partido que ha gobernado España desde 2011 hasta el pasado viernes y que ha sido condenado por corrupción en una sentencia de la Audiencia Nacional que deja poco margen para la compasión con el PP. Espero, por cierto, que la palabra del juez valga siempre tanto como lo ha hecho en este caso.

Sin embargo, se hace difícil no advertir un exceso de optimismo, ya esté motivado por haber llevado a Sánchez a la presidencia del Gobierno –reciba desde aquí mi felicitación- o por habérselo arrebatado a Rajoy, en las tesis que sostienen que se saldará con una suerte de palmadita en la espalda el respaldo de partidos como el PDeCAT o ERC. Cualquiera que haya seguido las declaraciones de los dirigentes separatistas desde que el ‘procés’ dio acelerón en 2012 sabe que para el independentismo el PP y PSOE son, ambas formaciones, ahora junto a Cs, responsables de bloquear los anhelos del ‘pueblo catalán’. Nunca he escuchado a un líder nacionalista matizar sobre la actitud del PSOE ni referirse a Sánchez como el miembro 154 del “bloque del 155”, sino más bien una total homogeneidad en las alusiones. Tampoco la sentencia del Cas Palau ha hecho a ERC romper alianza alguna con la antigua Convergència, así que con semejantes antecedentes, creo justificados los recelos y la presunción de contrapartidas.

Sin embargo, los motivos para el pesimismo los hay también en el discurso del ya presidente del Gobierno durante los dos días de debate de su moción de censura. Sánchez miró en todo momento a la mayoría que eligió brindarle apoyo, que esperaba su trozo del pastel tras cada intervención. Tuvo que pasar el bochorno de jurar y perjurar a los nacionalistas vascos no tocar ni una coma de unos presupuestos de los que una semana antes el PSOE abominaba. Pero, sobre todo, fue en la cuestión catalana donde el líder socialista se dejó parte de la credibilidad que se había labrado en los meses anteriores. No sólo blindó la demanda nacionalista que establece que la huida hacia delante en el camino a la independencia empieza con la sentencia del Estatut, lo que viene a ser lo mismo que culpar al Tribunal Constitucional, en última instancia, de las consecuencias económicas, institucionales y sociales del ‘procés’; lo más desalentador de su intervención fue el “este Gobierno escuchará a Cataluña”, cayendo en el inexplicable error de pretender que las demandas separatistas son las demandas catalanas, dando al traste con los esfuerzos vertidos durante años de desafío independentista para desmontar la uniformidad de Cataluña que pretende el nacionalismo. Esa afirmación le merece a Sánchez, al menos, un correctivo del PSC. No lo habrá.

Hubo más concesiones –retóricas, es cierto- en su discurso. Lo cual no es de extrañar habida cuenta de que se dirigía a quien pretendía convencer. La moción de censura tras la sentencia de la AN puede estar justificada, pero en un momento como el actual, elegir una mayoría para vertebrarla como la que ha hecho posible este relevo rápido en el Ejecutivo es irresponsable. Comprendo que se pueda pedir un voto de confianza a Sánchez, pero lo que no merece siquiera comprensión porque se trata de un hecho consumado es que el líder socialista no pidió ese voto de confianza al constitucionalismo sino al independentismo, que tiene también la vista puesta en sus movimientos, y todavía más: el qué hay de lo mío.

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