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Recuperar la capacidad de asombro

Cuando en 1900 el doctor Thackery, de la serie The Knick, consigue un avance científico en su primario hospital de Nueva York –al que aún están instalando luz eléctrica–, es incapaz de contener su entusiasmo, y grita: “¡Vivimos tiempos asombrosos!”. Similar afirmación a la que pronuncia el capitán de la Armada británica Jack Aubrey en Master & Commander. Durante su travesía con el trasunto de Darwin que lo acompaña por las Galápago, en un alto de las guerras napoléonicas, dice eufórico: “En qué era tan fascinante vivimos”.

La confianza en el progreso nació en tiempos oscuros, y cuando la máquina de vapor y la electricidad iluminaron el camino y nos pusieron en marcha, en el siglo XIX la humanidad se creyó capaz de todo. Nadie mejor que Frantz Reichelt representa el optimismo del ser humano respecto a sus capacidades. En 1912 se lanzó desde la torre Eiffel ataviado con un aparatoso paracaídas con el que pretendía descender lentamente. Murió en el acto, y las cámaras de Pathé recogieron aquel momento crepuscular de un siglo que había sido el de la euforia por un progreso imparable, aupado por los avances científico-técnicos.

El siglo XXI ha comenzado, sin embargo, marcado por un ambiente pesimista que se compadece mal con los progresos en todos los campos de la ciencia, la política y la moral. Enfrascados en debates menores e intrascendentes, obsesionados con un Yo hipertrofiado, acomodados a que la indignación marque todas las agendas, obviamos avances insospechados. El progreso existe, pero insistimos en buscarlo en lugares equivocados. La chica de la foto parece haber mirado en la dirección correcta y haber recuperado la capacidad de asombro. El pesimismo histórico no deja de ser una muestra de ignorancia y narcisismo. Con más razones que nunca, todos deberíamos saber que vivimos los tiempos más fascinantes.

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