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Relatores

Foto: SERGIO PEREZ | Reuters

Cuando Pedro Sánchez asumió la Presidencia del Gobierno, lo primero que hizo fue poner a un relator al frente de su gabinete. Eso era Iván Redondo: un vendedor de políticos, un experto en marketing, una especie de gurú de El Ala Oeste de la Casa Blanca, y no un experto fontanero para forjar esos acuerdos parlamentarios que necesitaría un Gobierno sostenido solo por 84 diputados. Mientras no hubo que entrar en el barro político, pareció una buena idea. Sánchez eligió como ministros a figuras de la sociedad civil muy respetadas.

Ocho meses después, aquellos días parecen una ensoñación. Sánchez cabalgaba por el Palacio de la Moncloa como si fuera el conde de Montecristo. Desalojado del liderazgo de su partido por el viejo PSOE, se había echado a la carretera y, contra todo pronóstico, consiguió recuperar la Secretaría general. La sentencia al PP por el caso Gürtel le permitió cumplir la promesa de llegar a la presidencia, liderando una moción que nació casi de forma improvisada. Edmundo Dantés no solo se había impuesto al establishment de su partido, sino que había conseguido retirar de la política a Mariano Rajoy.

Iván Redondo se esforzaba por hacer de Sánchez un presidente a la americana y La Moncloa distribuía fotos del jefe del Ejecutivo subido a un helicóptero o jugando con su perra Turca. Era cuando “las manos del presidente marcaban la determinación del Gobierno”. Sánchez necesitaba más relatores, así que colocó a sus colaboradores en todos los organismos públicos que pudo. A Juan Manuel Serrano, su anterior jefe de Gabinete, a Correos. “Si con 200.000 euros de crowdfunding llevé a Pedro a La Moncloa, imagínate con lo que tengo aquí en Correos lo que puedo hacer”, decía. A José Félix Tezanos, el hombre de las encuestas del PSOE, lo mandó al CIS, para ponerlo al servicio de su propaganda. A Irene Lozano le encargó que le relatara su ‘osadía’ en un libro. Manual de resistencia podría ser un buen título.

Mientras Sánchez se inventaba como presidente, la derecha fue construyendo un contrarrelato tan airado como eficaz. Sánchez no había sido elegido directamente por los españoles. Era un presidente “okupa”. Sánchez se había apoyado en los comunistas y los independentistas golpistas. Era un presidente títere. Sánchez tenía miedo a las urnas. ¿Por qué no convocaba elecciones, si el CIS de Tezanos le daba primero con tanta diferencia? Su tesis era plagiada. Los ministros no le duraban una semana sin un escándalo. Màxim Huerta, Carmen Montón, Dolores Delgado, Pedro Duque, Nadia Calviño, Josep Borrell…

Nadie hablaba ya del relator Iván Redondo. Ahora tocaba hablar de Vox, “la derecha sin complejos”. Nada de extrema derecha. Nada de asociarlo con los fascistas. Los medios conservadores no iban a cuestionar a un partido que, al fin y al cabo, “estaba dentro del sistema”. ¡Ni que fuera Podemos! Mientras el presidente del Gobierno le hacía kilómetros al Falcon presidencial, Vox se convirtió en el nuevo relator de la política española. Su éxito en las elecciones andaluzas no hizo sino refrendar que el partido ahora se iba a jugar con sus nuevas reglas, no con la de los “progres y los comunistas”, ni con las de “la derecha cobarde” o “la veleta naranja”.

Convertido en un “traidor”, Sánchez había vendido España por un puñado de votos para seguir jugando a ser presidente, y esto ya no lo decía Vox, sino cualquiera que tuviera un altavoz mediático. Columnistas, tertulianos, comentarios editoriales… pocos se escandalizaron cuando Pablo Casado dijo que las cesiones del Gobierno de Sánchez a los independentistas era lo más grave que había ocurrido en España desde el golpe de Estado del 23-F. Cuando dos días después lo repitió, a nadie le chirrió.

Traidor, felón, ilegítimo, chantajeado, deslegitimado, mentiroso compulsivo, ridículo, adalid de la ruptura con España, irresponsable, incapaz, desleal, catástrofe, ególatra, chovinista del poder, rehén, escarnio para España, incompetente, mediocre, okupa… Todo esto ha dicho el líder del PP de Sánchez, según un recuento del Huffington Post.

Buscando su último relator, el que iba a levantar acta de sus negociaciones con la Generalitat, Sánchez ha inflamado el contrarrelato conservador, que en su última embestida ha llenado las calles de banderas de España. Lo peor es que el presidente parece encantado. Más que nunca puede agitar la bandera de la “radicalidad” de las derechas y de esa España “en blanco y negro”. El conde de Montecristo frente a las derechas. Si algún día esto estalla ellos serán los primeros en pedir responsabilidad.

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