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Réquiem por Pasapalabra

"Mi padre es un ser competitivo, pues fue deportista profesional y eso no se le ha quitado con los ictus. Concursábamos desde casa como si el bote fuera para nosotros. Conocíamos a los ganadores de todos los roscos"

Foto: Mediaset

No acostumbro a compartir grandes momentos de intimidad –de una cierta comunión– con mi padre. Pocas veces hacemos cosas al mismo tiempo o nos interesan asuntos similares. Hace tiempo algo se rompió y ya. No pasa nada. No hay drama en esto. Sólo la constatación de cierta distancia. Todo se agravó cuando mi padre sufrió varios ictus consecutivos y comenzó a aislarse, haciendo la distancia más ancha. Sin embargo, en todo este tiempo siempre hubo un rato de cierto encaje entre nosotros: los minutos que transcurrían cada tarde para completar el rosco de Pasapalabra.

Había cierta competición entre nosotros, naturalmente. Mi padre es un ser competitivo, pues fue deportista profesional y eso no se le ha quitado con los ictus. Concursábamos desde casa como si el bote fuera para nosotros. Conocíamos a los ganadores de todos los roscos. Mientras mi padre admiraba desmesuaradamente a Paz Herrera, la concursante que se mantuvo imbatida durante 141 programas, ganó más de un millón de euros y se rapó la cabeza en directo, yo bebía los vientos por Lilit Manukyan, una chica nacida en Armenia con una dominio extraordinario de la lengua castellana. El propio embajador de Armenia en España la felicitó tras completar esta hazaña de conseguir más de 300.000 euros y completar ese rosco –¡cómo de moda puso esta palabra más bien tosca!– en un idioma diferente al suyo. 

El concurso televisivo es un género que puede inducir a la violencia cuando se frustran los intentos. Esto también lo he aprendido en estos años: golpes en los reposabrazos del sillón, chancleteos constantes, manos a la cabeza. Algo había de reto en aquellos minutos en los que mi padre y yo pronunciábamos al mismo tiempo alguna palabra que adivinábamos:

–Empieza por J: mamífero artiodáctilo de la familia de los suidos.

–¡Jabalí, jabalí!

Y el júbilo era tan grande cuando acertaba que parecía que una manada de jabalíes había invadido el comedor de casa. Algo pasaba con las palabras que lanzábamos al aire. “Hay palabras que se pueden coger con las manos. Y algunas se pueden llegar a oler…”, dice Gerturd Kolmar en su libro Susanna, publicado por Errata Naturae. Eran palabras que nos unían. A mí me gustaba jugar con ellas esas tardes: inventar algunas, constatar otras, recuperar las que creía perdidas. Como dice Valeria Luiselli en su último libro: “Supongo que las palabras, en el orden correcto y en el momento oportuno, producen una luminiscencia”.

Algo así -una luz- eran mis tardes con Pasapalabra y con mi padre. 

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