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Opiniones libres de algoritmos

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Respeto, pánico, afecto y voto

Foto: QUIQUE GARCIA | EFE

Siete semanas de infarto después, los votantes de Barcelona decidieron conceder solo un escaño al Partido Popular. El escaño de Cayetana Álvarez de Toledo. Siete semanas antes, con arranque el 11 de marzo, Pablo Casado le había propuesto que encabezara la lista del PP por Barcelona o, poco después, ser su número 2 por Madrid; lo que prefiriera. Cuando me lo contó, le sugerí lo obvio sabiendo que lo obvio es incompatible con Cayetana. Madrid era más cómodo, menos arriesgado, más fácil, menos comprometido… Contestó que lo cómodo era seguir con su vida tal como había conseguido ordenarla, con sus artículos, sus conferencias y sus recurrentes dosis de activismo político, en los últimos tiempos con Venezuela, y que, puestos a volver a la política de partido, no elegiría nunca una opción por ser cómoda. Ya. Ninguna sorpresa.

Pocas cosas hay más difíciles que escribir sobre personas a las que conoces y aprecias intentando mantener la máxima dosis de objetividad de la que eres capaz. Pues ahí va con un breve relato de hechos; a ver si lo logramos.

El sábado 16 de marzo fue la presentación en Madrid de los números 1 del PP. Dedicamos el fin de semana a pensar cómo organizar un poco el trayecto ignoto con destino 28 de abril. Ese mismo sábado, alguien que conoce bien Cataluña nos dijo: “¿sabéis que ahora el PP está a cero escaños en Barcelona?” No, contesté yo, tenemos cuatro. “Esos cuatro son de 2016, ahora si llegáis a uno podéis celebrarlo”. Cayetana ni se inmutó.

El primer lunes comenzó con una avalancha de peticiones de entrevistas que yo no sabía ni cómo gestionar (nunca es tarde para aprender un nuevo oficio…) y que sirvieron como primera muestra del interés mediático de la candidatura y de la solvencia de la candidata. Ambos indicios fueron a más, a mucho más, en las siguientes semanas, con la suma de incontables solicitudes del partido en los distintos puntos de España para que acudiera a apoyar sus candidaturas; peticiones tan numerosas como imposibles de atender. Por utilizar el indicador de Ignatieff -otro perdedor de elecciones- en su célebre Fuego y cenizas, Cayetana tenía ganado desde el principio el “derecho a ser escuchada”, un requisito previo para que la voz que concede ser candidato se escuche en medio del barullo y la cacofonía de las campañas políticas.

Lo que más me impresionó, casi desde el primer día, pero especialmente en aquellos actos en los que es habitual un considerable ruido de fondo, fue el silencio. Cada vez que esta mujer empezaba a hablar, la escuchaban en silencio. Un silencio serio y atento, casi desconcertante y un poco turbador. Un silencio de respeto y, posiblemente, con alguna gota de miedo. Escuchaban en silencio, quizá, porque no es nada habitual que los políticos en activo expongan -con coraje, precisión y una extraordinaria capacidad dialéctica- argumentos contracorriente. Puede ser la admiración que despiertan los salmones al remontar hasta el nacimiento de su primer río para cumplir con su principal misión. O puede ser eso que llaman carisma. O cualquier otra cosa. Lo que es seguro es que esa mezcla de atención, respeto, disimulada admiración y creciente pánico explica muchas cosas, que terminaron con el solitario escaño que el día 28 de abril le concedieron los votantes.

Con atención, respeto y creciente pánico la entrevistaron los medios poco o nada afines; con disimulada admiración los menos contrarios; y, con los peores ingredientes de ese cóctel en la boca del estómago, los cabezas de lista de las restantes formaciones debatieron con ella. Hubo consenso, incluso de los más contrarios, de que venció a todos en los debates. El gesto avinagrado con el que la ministra María Jesús Montero abandonó el plató de Televisión Española al concluir uno de ellos -con bulla incluida- fue el más vívido reflejo de una derrota que debió sentir tan humillante como inesperada. La impostada moderación de Gabriel Rufián todas las veces que coincidieron, a cambio, pudo ser una muestra de que iba aleccionado del riesgo de exhibir las fotocopiadoras, esposas y demás gadgets con los que ha hecho honor a su apellido en la XII Legislatura en el Congreso… ahora era un apacible Platero de cabeza interpuesta en la lista vencedora de ERC.

Ganar en la exposición, en los argumentos, en el debate, en la confrontación de ideas, en la razón… y hacerlo de forma formidable, para perder después la votación. Quizá porque en mes y medio no se puede obrar milagro alguno en un partido que, especialmente en Cataluña, ha estado sometido a los más dramáticos ejercicios de stress test en los últimos años. Y quizá también porque unas elecciones son una competición a la vez que un ejercicio masivo de seducción.

La seducción individual es a veces instantánea; solo a veces. La seducción masiva lleva tiempo, y lo habitual es fracasar aun con tiempo infinito. Luego hay modas -más o menos pasajeras, más o menos injustificadas- que hacen innecesaria seducción alguna: a algún partido los votantes le venían seducidos de casa. Es un arte especial ése de la seducción para el que Cayetana tiene también capacidad sobrada. La ha usado poco, quizá por pudor, porque lo que se veía, que es la reacción de la gente que te cruzas andando por la calle, era de afecto creciente. De afecto tan creciente como insuficiente.

Por terminar antes de que se aburran, una anécdota. El último día, al coger el coche para ir a seguir el recuento en el conocido hotel de Barcelona que suele frecuentar el PP, un hombre se asomó al balcón de su casa y gritó: “¡Olé, Cayetana, valiente!”. Pensé: venga, a por los cinco diputados. Pero no, los cinco eran solo uno. Al acabar la noche recordé la derrota de Ignatieff, esta vez en voz alta. “Yo también lo he pensado”, dijo ella. Y se comprometió a escribirlo. (Esto no llega ni a la categoría de trailer…)

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