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Resulta que no éramos tan brutos

Foto: RRSS | RRSS

La mejor noticia de los últimos tiempos es el éxito de Juego de Tronos. Antes de que me caigan encima: no lo digo por los méritos particulares de la serie de HBO. Mucho menos después de esta última temporada, la cual nos sometió al peor crimen que puede tener un escritor: expulsarnos de su ficción. Sino por algo mucho más profundo, y más común entre todas las miniseries exitosas recientes, que es el regreso de la trama compleja.

Pocas cosas me llenan más de optimismo que el espectáculo de ver naciones completas seguir la intricadísima historia de los Siete Reinos (con sus siete cortes y sus siete magnicidios) de Westeros. Y hacerlo, además, bien: es decir, con saña política. Frases como: “El matrimonio entre Daenerys y Jon tendrá consecuencias inestimables desde un punto de vista fiscal, en cuanto a la defensa de la invasión zombi se refiere”… o, “Aún no lo sabemos, pero estoy segura que LittleFinger estuvo detrás de la muerte del tío abuelo de la pastelera que envenenó la torta que dió inicio al teatro sur de la guerra de los cinco bizcochos”, y un sinfín de otras de este estilo que se confunden ya con los análisis futboleros en todos los bares y esquinas del planeta. Y esto demuestra algo valiosísimo y motivador para nosotros los cínicos de profesión: resulta que, después de todo, no éramos tan brutos.

La culpa la tiene la televisión tradicional. La hipótesis reinante, antes del suceso de Tronos (también conocida como la revolución george-ar-ar-martina)  en nuestro triste laboratorio era que la televisión embrutecía para siempre. Que aquellos que no se zafaban de la programación pre-establecida, ingiriendo sin discriminación alguna absolutamente todo lo que pudiera resumirse en quince, veinte, treinta minutos (como mucho) de vida, estaban condenados a existir en el estado de alerta y distracción total de las ardillas. Pero resulta que no. La que era bruta era la televisión. Nosotros lo que estábamos era aburridos.

Sin embargo, por supuesto que no hay nada bueno que por mal no venga. Pues resulta, también, que tampoco somos tan buenachones. Las series que triunfan ahora son las que más sangre, más intriga, más traición, más cuerpo desnudo, más ases bajo la manga, más dagas escondidas, tienen. Hemos cambiado la bondad embrutecida de Homero Simpson por la inteligencia, pícara y hedonista, de Tyrion Lannister.

Cosa que, sin duda, sigue siendo buena noticia. La mejor, insisto, de los últimos tiempos. Pues no hay nada más dañino (preguntarle a los comunistas y los comeflores), ni más tonto, que nutrirse de simplezas. Si la ficción es, como decía Stendhal, un espejo que nos refleja, pues que lo haga bien. Que nos muestre como somos: en todo nuestro esplendor y patetismo, en toda nuestra complejidad y ambivalencia. Pues la mayor verdad es que, visto lo visto, seguimos siendo los mismos: lo que ha cambiado es el espejo, que antes era muy chiquito.

 

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