Gonzalo Gragera

Retrato de una noche con Simone Biles

La vi en una de esas noches de verano en las que te planteas alojar en régimen de pensión completa al aburrimiento. Un aburrimiento al que le podrías hasta nombre de pila. Un aburrimiento que percibes con la nitidez y con la claridad con la que yo pude comprobar el sofá en el que me sentaba o el aire acondicionado que me aliviaba de esta temperatura cercana a la sauna, próxima al carbón de la parrilla, a los grumos de la calzada recién asfaltada. Uno monta una piscina en este salón que os cuento y no sabría distinguir de qué se trata: de una bañera o de una freidora. Suerte que estaba en la tele Simone Biles, joven, diecinueve años, gimnasta, americana, para refrescar esta soflama, para soportar esta calurosa apatía de las ociosas madrugadas del verano, para creer en que otro mundo es posible. Un mundo roto por las costuras de la vitalidad, lejano a este sopor veraniego de sudor en la espalda, con esa blanca sonrisa que la muchacha lucía al terminar su ejercicio. Un mundo todo ajustado a la perfección de la ejecución de sus movimientos, a la purpurina de sus trajes. Todo precisión y exactitud. Todo armonía y belleza. Desde la colocación del empeine en el salto hasta el nudo de esa coleta que barre el viento de Río de Janeiro. Confieso que me entraron ganas de saltar como Simone Biles y colarme entre las cuatro esquinas de la tele.

Opinión

Retrato de una noche con Simone Biles
Gonzalo Gragera

Gonzalo Gragera

1991. En la actualidad colabora en la cadena COPE –Sevilla-, en Zenda y en The Objective. Su último libro es La suma que nos resta (Premio de Poesía Joven RNE), editorial Pre-textos.

La vi en una de esas noches de verano en las que te planteas alojar en régimen de pensión completa al aburrimiento. Un aburrimiento al que le podrías hasta nombre de pila. Un aburrimiento que percibes con la nitidez y con la claridad con la que yo pude comprobar el sofá en el que me sentaba o el aire acondicionado que me aliviaba de esta temperatura cercana a la sauna, próxima al carbón de la parrilla, a los grumos de la calzada recién asfaltada. Uno monta una piscina en este salón que os cuento y no sabría distinguir de qué se trata: de una bañera o de una freidora. Suerte que estaba en la tele Simone Biles, joven, diecinueve años, gimnasta, americana, para refrescar esta soflama, para soportar esta calurosa apatía de las ociosas madrugadas del verano, para creer en que otro mundo es posible. Un mundo roto por las costuras de la vitalidad, lejano a este sopor veraniego de sudor en la espalda, con esa blanca sonrisa que la muchacha lucía al terminar su ejercicio. Un mundo todo ajustado a la perfección de la ejecución de sus movimientos, a la purpurina de sus trajes. Todo precisión y exactitud. Todo armonía y belleza. Desde la colocación del empeine en el salto hasta el nudo de esa coleta que barre el viento de Río de Janeiro. Confieso que me entraron ganas de saltar como Simone Biles y colarme entre las cuatro esquinas de la tele.

En unos Juegos Olímpicos bañados por las olas de Copacabana en un lado y por la corrupción en otro, viene Simone Biles a demostrar que no todo está perdido. Que los Juegos Olímpicos son un punto de fuga de honestidad, gusto por el trabajo bien hecho, superación, voluntad, esfuerzo, motivación, entrega. Y en un idioma que se entiende en cinco continentes. Desde Brasil me llegaron estas acrobacias, este idioma, de la americana; segundos que, como todo lo bueno, merecen horas de dedicación y de errores. Apareció Simone Biles con su menudo cuerpo de vuelo ágil, casi de literatura, para elevar aún más los grados centígrados de la habitación. Los de la emoción, en este caso.

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