Ricardo Dudda

Ribera de Curtidores

"Es una casa luminosa con siete balcones que da a Ribera de Curtidores, la calle donde cada domingo se hace el Rastro. La conozco bien porque en 2017 viví en ella dos meses"

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Ribera de Curtidores
Foto: Fotograma de 'La virgen de agosto'
Ricardo Dudda

Ricardo Dudda

Periodista y miembro de la redacción de Letras Libres, columnista en El País y autor de "La verdad de la tribu". La corrección política y sus enemigos.

En La virgen de agosto, la película de Jonás Trueba, Eva (Itsaso Arana, que escribe también el guion), una chica un poco perdida que no sabe qué hacer con su vida se muda a un piso prestado en el barrio madrileño de La Latina. Es una casa luminosa con siete balcones que da a Ribera de Curtidores, la calle donde cada domingo se hace el Rastro. La conozco bien porque en 2017 viví en ella dos meses.

En el inicio de la película el casero, S., da las mismas instrucciones a la nueva inquilina que me dio a mí. Desaliñado, como recién levantado y liándose un cigarro, dice que necesita tiempo para sí mismo tras la muerte de su padre (en mi caso era su convalecencia, creo), la puerta de abajo tiene truco y es difícil abrirla, la caldera funciona así, el baño es curioso porque tiene unas luces como de camerino.

La casa en la película tiene algunos cambios. Cuando estuve no había un escritorio en el salón de cara a uno de los balcones. Parece atrezzo porque en una escena de la película Eva se pone a escribir su diario ahí. Tampoco sale en ningún plano la habitación de Eva al completo, que es mucho más amplia de lo que parece y tiene la cama en una especie de cueva al fondo (aunque es posible que ahora ya no esté así). Desde la cama oía las películas de los vecinos a todo volumen. Había un espejo enorme y una iluminación muy curiosa con focos como de cine.

La puerta del edificio tampoco está igual. En una escena Eva intenta abrirla y no puede. Pero no es el portal real de la casa, no entiendo por qué. Es otro portal más arriba de Ribera de Curtidores, casi llegando a la Plaza del Cascorro.

En esa casa yo también estaba de transición, como Eva. Sigfrid terminaba el montaje de su película e invitaba a gente a verla en el salón. Me gustaba pero no me atrevía a decirle por qué, me limitaba a decirle que me gustaba. Me pasaba el día en el balcón porque era primavera. Grababa a todo el mundo que pasaba. Nunca he hecho tantos vídeos con el móvil: del rastro, de gente que pasaba, de perros, de puestos, de camiones de la basura.

Como era un primer piso se escuchaban todas las conversaciones. Una pareja de americanos se peleó una noche debajo del balcón. Él era bastante amenazante pero cuando ella lo mandó definitivamente a la mierda y se marchó, se quedó apoyado en la pared bajo el balcón como en shock, fumando durante media hora.

Era muy bonito despertarse con el murmullo del Rastro, cuando no te despertaban antes los vendedores montando los puestos a las 6 de la mañana. Volví varios domingos de madrugada cuando ya estaban montando los puestos. Me sorprende que no salga una escena así en la película, es algo muy Jonás Trueba (aunque quizá del primero).

Recuerdo usar la bici de Isabelle, que también sale en la película y se hace amiga de Eva, para bajar hasta Madrid Río. Luego subir de nuevo me costaba mucho, aunque la bicicleta era ligerísima. Yo me quedaba en la habitación de Isabelle, que se había ido a Suiza, pero la veía a menudo porque venía de vez en cuando.

Nunca he vivido en una casa tan bonita. Era muy antigua, tenía un suelo de azulejos precioso y techos altos y todas las paredes exteriores tenían balcón. Pero era también minimalista y moderna, con un sofá setentero y pocos muebles. Pasé mucho tiempo en ella solo, leyendo. Me gustaba trabajar en la mesa pequeña del salón, sobre un mantel de hule transparente, el sol entrando por la rendija de una de las puertas de balcón. La calle estaba siempre muy tranquila, sin apenas gente ni coches.

Me tuve que ir con urgencia, como siempre me pasa cuando me voy de un piso. Un poco cabreado, estuve a punto de robar un libro de Bernhard pero al final no lo hice: porque me haría sentir mal y porque robar libros es algo muy hortera, como de adolescente en una peli de la Nouvelle Vague.

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