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Rita Barberá. Enmudeció el balcón

Qué tendrá la muerte, qué habrá al final del camino, que todo es blanco y prescribe. La muerte de Barberá, así de mañana, en frío, nos ha sido un jarro de realidad que ha dejado en mera travesura y anécdota las trapisonadas presuntas y cantadas de toda una época y de todo un consistorio y toda una genealogía. Porque Barberá siempre ha estado ahí, con sus ‘jefadas’ y con sus cosas. Siempre en el televisor y en la portada, como un elemento de eso que llaman rutina periodística.

Y ahora, clareando la mañana, un médico del SUMMA certifica que ya no habrá más Rita, ni más foteros a la puerta de su casa, ni más Senado, ni más Supremo, ni más laca ni más respuesta que el responso. Ni más especiales de televisión glosando su vida y obra a la hora del ‘prime time’ con recursos de cámara, infografías de los marrones, o sus mejores éxitos de cara al público.

Y al fin el corazón dejó de latir, y para qué tantas luchas, y tantas comparecencias judiciales. Y tantas lacas, y tantos años, y tantas fallas de las buenas y de las malas si va a llegar el puñetero día en que venga un fundido a blanco y no seamos mas que un político envuelto en pino con nuestras mordidas, que todo humano viene de residente en la Tierra con sus corruptelas supuestas y con sus cosas sublimes, también supuestas. Y de alguna manera la muerte de Rita Barberá, tratada con la prosa burocrática que se quiera, es la desaparición física de un mundo que al periodismo dio mucho juego. De alguna manera, una España que fue -a pesar de todo- la más nuestra dejó de latir en la mañana preinvernal.

La mayor injusticia es la muerte. Y para ese juicio nos faltan abogados y nos sobran fiscales. La tierra no hace reproches, cantan por México. Descanse en Paz y callen por un día los de siempre, los que no respetan el dolor más amargo.

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