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Robocops contra pastorets

Foto: Francisco Seco | AP

El procés jamás ha sido pacífico, como voceaban sus promotores en una de sus añagazas propagandísticas. Las sesiones parlamentarias de los días 6 y 7 de septiembre, sin ir más lejos, con el silenciamiento de la oposición, el desdén del reglamento y el menosprecio de la más mínima elementalidad democrática evidenciaron una notable carga de violencia institucional, como violento ha sido el achique de espacios que el nacionalismo ha practicado no ya con sus adversarios, sino con el más nimio de los desafectos. Menos simbólicos han sido los ataques que las hordas independentistas han acostumbrado dirigir, con la inexorabilidad de una llovizna, contra las sedes del PP, C’s y PSC.

Y sin embargo, hasta ayer a primera hora de la mañana, el catecismo gandhiano seguía incrustado en el discurso hegemónico, por lo general cosido a conceptos como jovial, familiar y festivo. El flower power se marchitó en cuanto la Guardia Civil, en cumplimiento del deber que habían eludido los mossos (un escaqueo con trazas de simpa que les ha de sumir en algo más que el deshonor), empezó a desalojar a los asaltantes de las escuelas. Por primera vez desde el inicio de la farsa, allá en 2010, el Estado reprimía a los sediciosos conforme al monopolio de la violencia que le asignan las leyes. Con ponderación y proporcionalidad al principio, más enérgicamente cuando aquéllos forcejeaban y respondían, como se vio después, con el lanzamiento de vallas metálicas y el levantamiento de barricadas (¡en Sant Gervasi, el sexto barrio más rico de España, lo que prueba que la frivolidad es la gran divisa moral de nuestros días!).

No era una tarea sencilla. El Govern y lo que le cuelga, con su proverbial negligencia, había animado a niños, enfermos y ancianos a taponar las puertas de los centros de estudio. Al punto, empezaron a circular por las redes los primeros sofocos (escarafalls, decimos en catalán) de esa izquierda para la que, cuando se trata de desalojar a la derecha del poder, todo es legítimo, incluso el patrocinio de un golpe fundado en una de las más repugnantes ideologías que ha visto el mundo, una hidra insaciable que ya no atiende a razones (entiéndanme) tacticistas. No había más que ver a la Gabriel proclamar que la huelga general del día 3 pondrá los cimientos de un inminente empoderamiento popular que habrá de conducir a la felicidad, obviamente universal, absoluta y hasta definitiva. Ja tenim la foto!, he llegado a leer, como si bastara una ofrenda de sangre para romper un país de la Unión Europea, y sin que parezca importar que, en algunos casos, la sangre llevara costra de años. Fotos de una mani de bomberos de 2013, fotos del 15-M, fotos de un niño herido en Tarragona por una carga de los mossos. Frente a España, nada es despreciable. Ni siquiera la más tosca retórica visual, ese bucle de seis o siete vídeos que, como un mantra narcótico, iba fijando en los televidentes el frame definitivo: ¿El 1-O? La poli de Rajoy moliendo a porrazos a unos pobres pastorets.

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