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Rockefeller

John D. Rockefeller nació bajo la presidencia de Martin van Buren, el octavo presidente de los Estados Unidos, y murió en el segundo mandato de Franklin D. Roosevelt. Cuando había cumplido veinte de esos casi cien años de vida, comenzó su fulgurante carrera. De su biografía, lo que más me llama la atención es la obsesión por encontrar, constantemente, métodos más productivos y baratos de refino. Cuando creó su famoso ‘trust’, nueve de cada diez barriles de los Estados Unidos los refinaba su compañía, orgullosamente llamada Standard. En una ocasión se entrevistó con otro gran magnate, Henry Ford. Su despedida no sonaba a las conversaciones interrumpidas con las que trabamos nuestras relaciones. Le dijo al fabricante de coches: “Adiós, te veré en el cielo”. “Me verás si logras entrar”, musitó Ford para sí. Fue el hombre más rico de la historia.

Su hijo, al que todos conocían como “junior” heredó su imperio y sus costumbres. Esa austeridad imposible. Esa fe en el sistema, siempre que lo controlasen los Rockefeller. En los años 30’, con “senior” aún vivo, su conglomerado buscaba la guerra contra Japón. Vislumbraban la oportunidad del mercado chino, potencialmente gigantesco, pero el imperio nipón se interponía en sus planes. No eran esos los planes de los Morgan, siempre vinculados a Francia y Gran Bretaña, que querían la guerra contra Alemania. Hubo guerra suficiente para los dos.

David Rockefeller ha sido, hasta su reciente muerte, el último nieto del creador de la saga de empresarios, políticos y filántropos. Ha hecho su carrera profesional en el Chase Manhattan. En su familia, como en la de Corleone, los negocios y la política son dos caras de la misma moneda, que por supuesto es el dólar. Se calcula que se ha entrevistado con dos centenares de mandamases de unos cien países. Creó el club Bildelberg y más tarde la Comisión Trilateral. Ésta tuvo el apogeo de su influencia con el presidente Carter, que ya es tener mala suerte.

El legado de los Rockefeller no son sólo sus grandes empresas ni las generosísimas contribuciones a proyectos filantrópicos, sino la discreta y sutil incrustación de los negocios en la política, y todo ello desde una perspectiva global. Y eso está lejos de haber muerto.

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