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'Roma' y la nostalgia

Foto: Netflix | IMDB

Es peligrosa la nostalgia. Lo estamos viendo estos años, cuando multitud de movimientos políticos exitosos se basan en la recuperación de un pasado idealizado. Proyectos a los que millones de ciudadanos se suman sin reparar en la veracidad de sus fundamentos ni en la bondad de sus promesas. Si la realidad parecía difícil de cambiar en la era de los discursos políticos de la resignación y el futuro estaba demasiado lejos, quedaba a mano el pasado para utilizarlo como manta y refugio.

Hace unos meses, en un bar de mi pueblo, en Málaga, en el que a media tarde sonaba una canción de José Luis Perales, escuché a un paisano habitual allí decirle a otro con tono derrotado y nostálgico: “Antes éramos tan felices que podíamos escuchar canciones tristes”. Enseguida tuiteé la cita y encontré una recompensa y aprobación en retuits y “me gusta” que nunca antes había tenido con ningún argumento más serio. Son años de nostalgia y de pensar que “de casi todo hace ya veinte años”, como decía Gil de Biedma.

Hace unos días fui al cine a ver Roma, la memorable y bellísima película de Alfonso Cuarón con la que el director mexicano ha querido rendir homenaje a la niñera que tuvo en su infancia, en los primeros años de la década de los 70. Es veraz y entrañable el retrato del México de la época, así como de la colonia Roma de la capital que da título a la película y que también fue mi barrio cuando viví allí. La actriz es maestra en la vida real, y con su actuación contenida es capaz de transmitir ese poso de vasallaje callado que es habitual ver en muchos trabajadores (y sobre todo trabajadoras) del servicio doméstico en América Latina.

La criada se convierte en un pilar esencial de una familia en un momento de cambio. No solo en su casa, sino también en México. A través del relato de la criada, todo va quedando reflejado de forma inadvertida. Sin embargo, al finalizar, tras una serie de sucesos en los que ella es parte fundamental y heroica, vuelve la calma al hogar y todo sigue igual. Los “te quiero mucho” y los abrazos se diluyen en el gesto inocente de unos niños que, con total normalidad, sin advertir contradicción, le piden a su atareada criada que les suba unos zumos.

Mientras veía la película, existió en mí nostalgia. Hasta esa escena final, cuando me alegré de vivir este presente.

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