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Romanticismo ciudadano

Foto: Francisco Seco | AP

Hace años que oímos hablar de la muerte del eje izquierda-derecha como marco interpretativo de las posiciones ideológicas y políticas. Si no de su muerte, al menos sí de su pérdida de peso relativo frente a nuevos clivajes, especialmente el que enfrenta a los supuestos partidarios de un mundo abierto y cosmopolita frente a los también supuestos nostálgicos de un mundo cerrado y proteccionista. Nadie duda de la influencia determinante que ahora juegan en nuestro modo de pensar prioridades distintas a las de clase, pero, a la luz de las últimas declaraciones y propuestas políticas de los partidos españoles, cabe preguntarse si no estamos presenciando una vuelta acelerada al eje clásico.

Si la competición en la izquierda entre PSOE y Podemos se hizo larga y hasta cierto punto deprimente, la que se produce ahora en la derecha entre Ciudadanos y PP no parece que vaya a ser menos intensa y sobreactuada. En apenas dos semanas hemos visto a Mariano Rajoy utilizando impúdicamente a padres y madres de jóvenes asesinados que (¡cómo reprochárselo!) buscan un endurecimiento de las penas para los delitos que les arrebataron a sus hijos, y también un vídeo truculento (impagable el hilo musical), reaccionario y xenófobo de Ciudadanos en el que, frente a las mafias y los okupas que aterrorizan determinados barrios, se proponen “proteger a los españoles”, o “vecinos” tras la oxigenante indignación en redes. A esto se suma su titubeante posición respecto a una prisión permanente revisable cuya idoneidad se defiende (quién iba a decirlo tras tantos años tachando de populista a todo aquel que se parapetara tras la opinión pública) aduciendo que “lo pide la gente” o “está en la calle”.

Se dirá que no hay de qué sorprenderse ante mensajes políticos diseñados para influir en su electorado natural, tal y como hacen los demás partidos, pero lo cierto es que se hace extraño ver a Ciudadanos, siempre en guardia ante irresponsabilidades de Estado ajenas, dejándose arrastrar por el fango de la demagogia derechista más burda, siendo como ha sido el partido que más ha criticado el trazo grueso. Si retóricamente explicitó en sus estatutos que ya no se definía como un partido socialdemócrata, por la vía de los hechos nos saca de dudas, pero además pone en duda su proclamado liberalismo y su progresismo.

No obstante, ha sido la explicación de su posición respecto al impuesto de sucesiones la que ha certificado el final de la etapa ilustrada de Ciudadanos y su tránsito hacia un romanticismo político adolescente en el que era difícil imaginárselo tan desinhibidamente. No tanto por sus propuestas de fondo como por las formas con las que las han explicado. Referirse al impuesto de sucesiones como “pagar dos veces por lo que es tuyo” es una falsedad demagógica que deslegitima cualquier tasa (¿no es mi salario mío, fruto de mi esfuerzo y aun así pago IRPF?).

Referirse a la recaudación que sostiene el Estado del bienestar y la cohesión social como “meter la mano en el bolsillo de los españoles” es lo más parecido que hemos conocido en España al elogio del fraude fiscal que hizo Berlusconi cuando dijo que “evadir impuestos es un derecho natural”, porque ambos pintan la falsa figura de un Estado cleptómano que quita a ciudadanos productivos lo que en derecho les pertenece.

En algunos de sus libros, el filósofo Javier Gomá habla de la necesidad de recuperar “el prestigio de los límites”. Su obra es una crítica a ese romanticismo que ve un freno a la realización plena en cualquier norma que no se avenga a las pulsiones primarias del deseo. El centro-derecha ha entrado en España en una absurda carrera de fondo por ver quién es más romántico penal y fiscalmente. Sólo cabe alegrarse de que el eje izquierda-derecha haya perdido relevancia, porque, de ser no ser así, estremece pensar por dónde irían ya algunos.

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