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Rumbo a Ogigia

Varado en la isla de Ogigia durante siete años, agasajado por la ninfa Calipso, Ulises declinó el don de la inmortalidad que le ofreció su captora de hermosas trenzas. Comprendemos al héroe. Sopesó y pesó más en su corazón el deseo de volver a ver su patria, Ítaca, y a su mujer, Penélope, y a su hijo, Telémaco.

Acaso Ulises, el de las muchas mañas, comprendió, en el momento de negarse la eternidad, esta verdad principal: la vida no es la existencia. O como explicaría Bergson: el tiempo de la física no es el tiempo de los hombres. Aquel está hecho de momentos iguales que se repiten perennemente; éste, de instantes significativos que hallan su sentido en ser irrepetibles. El tiempo de la física –Einstein lo dedujo– no es sino un espacio disfrazado; el tiempo de la vida es plazo, proyecto y memoria.

Pero ¿qué ocurriría si, en las próximas décadas, como pregonan modernos alquimistas, el ser humano duplicara o triplicara su esperanza de vida, o si, como augura el israelí Yuval Harari, este siglo, el nuestro, resolviera “el problema técnico de la muerte”? Entonces, la vida se equipararía con la existencia, el tiempo de la física con el de los hombres. Dejaría, acaso, de tener sentido el amor, pues amar es pensar, pensar casi constantemente, que alguien se nos puede morir; perderían también su sentido los hijos, pues la vida no tendría ya la necesidad de regenerarse; decaería, en fin, la importancia de la patria, porque la noción de patria, como observa Milan Kundera en La ignorancia, su novela sobre el exilio, “va vinculada a la relativa brevedad de nuestra vida, que nos brinda demasiado poco tiempo para que sintamos apego por otro país, por otros países, por otras lenguas”. Amor, patria, y familia: no se adivina el valor de todo aquello que empujó a Ulises de vuelta a Ítaca si pudiéramos vivir eternamente. (Y ningún poeta escribiría: “Ya he empezado a morir para aprender a verte / con los ojos cerrados”).

En cierto modo, ese aplanamiento de la vida, camino de convertirse en rutinaria existencia, ya ha comenzado. La posibilidad de vivir en buena forma hasta los ochenta o noventa años ha ido borrando la frontera entre los distintos estadios de la vida, cada uno con sus propios fines, ritmos, penalidades y gracias. Lo que antes era una parábola cada vez se parece más a una línea recta (“siempre jóvenes y repentinamente viejos” escribe Zagrebelsy, en su tratadito sobre la desaparición de la edad madura). Cuando esa línea, como la sucesión de los números naturales, se prolongue hasta el infinito, ¿qué metas volantes inventaremos para no sucumbir al tedio? ¿Qué proyectos consideraremos inaplazables, dado que siempre podremos dejar para otro día lo que podríamos hacer hoy? Porque hay un malentendido con la eternidad: cuando querríamos que algo durara eternamente, el deseo que en realidad expresamos es el de un tiempo inmovilizado, suspendido. No tanto el de un tiempo inercial que prosigue su camino a perpetuidad. Tener siempre veinticinco años, un desiderátum razonable, no es lo mismo que tener veinticinco veces veinticinco.

Si es verdad que la inmortalidad está al alcance de la mano, sea. Yo no me quiero morir. Pero debemos tener claro que el final de la muerte, será también el final de la vida, que necesita, para proyectarse, de los estrechos límites de un tiempo dado. El primer ser humano que viva eternamente, ya no será de nuestra especie: todo habrá cambiado, todo necesitará recibir nombre de nuevo. Con lo que, quizá, al fin y al cabo, tampoco será tan aburrido.

 

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