THE OBJECTIVE
Sara Montero Minguez

Sal con un chico que no use Whatsapp

Internet acelera las relaciones. A veces, hasta las deforma. No eres tan gracioso como en el whatsapp, ni tan hablador como en el grupo de tus compañeros de trabajo.

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Sal con un chico que no use Whatsapp

Internet acelera las relaciones. A veces, hasta las deforma. No eres tan gracioso como en el whatsapp, ni tan hablador como en el grupo de tus compañeros de trabajo.

Internet acelera las relaciones. A veces, hasta las deforma. No eres tan gracioso como en el whatsapp, ni tan hablador como en el grupo de tus compañeros de trabajo. Tampoco estás tan bueno como en tus fotos de Facebook, especialmente, cuando te tiras tres horas ensayando la postura antes del “click” y, aunque te desetiquetes, sigues teniendo esa cara de palurdo cuando te ríes. El ciberespacio potencia el autoengaño.

En una ocasión llegó a mis manos un plan Social Media que ofrecía sus servicios a la empresa donde yo trabajaba. El esquema orientativo fue escalofriante: bajo las indicaciones de Twitter, Facebook y diversas plataformas había otra flecha que abarcaba a todas ellas, a modo de sustrato del ciberespacio, con la palabra “mundo real”. Pensé que nos habíamos vuelto locos. La corporación había incluído en el croquis “la realidad” por si la habíamos olvidado. Terrible.

Estoy convencida de que las relaciones han perdido romanticismo gracias a internet. No hablo de las citas en portales como Meetic donde, al fin y al cabo, la verdadera relación empieza cuando los potenciales tortolitos se encuentran en persona. Me refiero a los “te quieros” acelerados, a hablar 10 horas al día la primera semana o a los emoticonos que sustituyen a los labios. También a las insinuaciones sexuales que tardarías tres meses en hacer en persona, pero que se producen en tres días porque uno siente mucho menos riesgo tras la pantalla de su Iphone. El rechazo es mucho menos doloroso si no se hace a la cara, aunque no podamos maquillar (o amortiguar) la verdadera historia cuando se la contemos a los amigos. El repudio ahora queda por escrito.

Internet, sobre todo, dispara la hipocresía. Nos hace parecer alguien que no somos: potencia nuestras cualidades o convierte los defectos en insoportables. No eres ingenioso si tardas 10 minutos en escribir una respuesta graciosa, no eres guapo si retocas las fotos “un poquitín”. Y sobre todo, a la hora de la verdad serás una completa decepción: no tienes tantas opiniones inteligentes como parece en Twitter. Será que no emites solo siete frases al día.

El fariseísmo alcanza cotas insufribles cuando se habla del recién implantado doble check. A todo el mundo le apetece (al menos una vez a la semana, según mis cálculos) no responder a algún mensaje. No es por animadversión a esa persona, a veces es solo un despiste o la distracción de otras tareas. O simplemente, el placer de no sentirse esclavo del móvil. Lo que jode es saber que eres tú el objeto de ese derecho a ignorar.

Sal con un chico que no use Whatsapp… si es que encuentras alguno.

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