Alfonso Donnay

Saltaparapetos

Hace muchos años, poco después de finalizada la Guerra Civil Española, en un pueblo pesquero de la zona vizcaína y durante una mañana de mareas vivas, el mar devolvió a una de las playas del pueblo, una enorme barrica, de esas que tienen una capacidad de miles de litros. La encontró un pescador que vivía en un caserío próximo. Tuvo que pedir ayuda a sus vecinos, bajar con los bueyes a la playa y hacer mil diabluras para llevarla hasta la puerta de casa. En la barrica había algo escrito, pero era imposible de leer lo que ponía. El mar y seguramente el tiempo, se habían encargado de borrar cualquier pista.

Opinión

Saltaparapetos

Hace muchos años, poco después de finalizada la Guerra Civil Española, en un pueblo pesquero de la zona vizcaína y durante una mañana de mareas vivas, el mar devolvió a una de las playas del pueblo, una enorme barrica, de esas que tienen una capacidad de miles de litros. La encontró un pescador que vivía en un caserío próximo. Tuvo que pedir ayuda a sus vecinos, bajar con los bueyes a la playa y hacer mil diabluras para llevarla hasta la puerta de casa. En la barrica había algo escrito, pero era imposible de leer lo que ponía. El mar y seguramente el tiempo, se habían encargado de borrar cualquier pista.

Pusieron de pie la barrica y abrieron la tapa. En ese momento, se despertaron los recuerdos del patriarca. El olor que salía de dentro, le trajo a su memoria algo que para él era de muy mal recuerdo. Cuando él luchaba contra las tropas de Franco en los montes de Euskadi, en las trincheras les daban para combatir el frío y subir el ánimo, un brebaje, que olía prácticamente igual. A este brebaje, ellos le llamaban “SALTAPARAPETOS”.

Durante muchos años, esta barrica misteriosa curó los catarros de los niños del pueblo a base de friegas en el pecho. Sirvió de jarabe para los adultos, era capaz de curar las diarreas, los dolores de cabeza, los vértigos, el empacho, aliviaba los dolores de la regla, el lumbago, los ataques de ansiedad, mejoraba el insomnio, la sinusitis, y el dolor de oídos. Vamos, que servía para todos los males.

Muchos años después ya en tiempos de democracia y cuando la barrica del saltaparapetos era historia, nuestro hombre tuvo que acudir a Madrid a hacer algunas gestiones relacionadas con las cofradías de pescadores del cantábrico. Tenían alguna entrevista con el ministro de turno y no demasiadas esperanzas de conseguir nada. La noche anterior a la entrevista ministerial, después de cenar decidieron tomarse con los cafés, una copa de whisky. Al fin y al cabo, uno no va a Madrid todos los días.
Al acercar la copa a su boca, para dar el primer trago, no pudo nada más que gritar:
¡¡OSTIA, SALTAPARAPETOS!!

Contexto

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