Paula Fernández de Bobadilla

Salto al cielo

«La ermita blanca, tan sencilla, y su cúpula reluciendo al sol, como posadas sobre el asfalto negro y brillante, enmarcadas entre los árboles y la inmensidad del cielo»

Opinión

Salto al cielo
Foto: Turismo Andalucía
Paula Fernández de Bobadilla

Paula Fernández de Bobadilla

Escribo para fijar las cosas que me llaman la atención y porque, como a R.L. Stevenson y Enrique García-Máiquez, me gusta enfocar el lado bueno de las cosas.

San Isidro del Guadalete tiene el suelo alfombradito de limones y un bar en la plaza de la iglesia que es también hogar del pensionista y biblioteca. Sus calles las ribetean unos limoneros resplandecientes que en primavera tienen las hojas de un verde nuevo y fresco y los limones de un amarillo tan vivo que es imposible pasar por allí sin querer llevarte uno. Camino del bar recojo de la acera los que veo bien, porque los de los árboles están muy altos para cogerlos disimuladamente y todavía me queda un poco de vergüenza. Me cruzo con una vecina y le digo lo que me gusta que su pueblo esté lleno de limoneros. Asiente amable y me dice una frase que me alegra aún más la mañana: «Pero cógelos del árbol, hombre, que aquí nadie te va a decir na». Me siento a desayunar con otro ánimo, pensando en el paseo que me daré por aquí en cuanto me termine el café con leche y la tostada con aceite y azúcar.

He acabado en San Isidro de forma algo inesperada tras dedicarle un par de días a buscar la ermita de Salto al Cielo, que está a una legua de la Cartuja de Jerez, a la que perteneció hace muchos años. No es que la ermita esté particularmente escondida, de hecho descansa en lo alto de una loma y se ve desde varios puntos de la campiña jerezana. Pero yo no conozco la zona, hace más de 30 años que no vengo y, además, me divierte llegar sin pedir indicaciones a nadie, que es la mejor manera de viajar cuando se tiene tiempo. Esta mañana, que ha amanecido perfecta –limpia, fresca, soleada–, veía su cúpula desde la carretera de La Ina, de modo que el Guadalete discurría entre nosotras. Seguí mi camino y, un poco más adelante, encontré el estrecho puente que cruza el río. Casi sin darme cuenta aparecí en San Isidro, con sus limoneros, dejando atrás campos, álamos y eucaliptos.

De chica me contaban que Salto al Cielo era adonde iban los monjes cartujos a morir cuando ya eran viejos, y me gusta tanto la historia que me parece una pena que no sea cierta, así que haré como que lo es. Ahora leo que unos piensan que se construyó como sala capitular y otros como ermita, pero a mí lo que me parece más fascinante de todo es que los planos de la cúpula y su linterna estén grabados con un punzón sobre las piedras del patio de la Cartuja. Todavía se ven fenomenal, a pesar de que se hicieron hace más de dos siglos, y dicen que si te fijas con atención se ven círculos concéntricos, arcos y capiteles, aunque yo nunca tengo paciencia para descifrarlos.  

Yo no lo sabía, pero no hay mejor camino para llegar a la ermita cartujana que el que sale de San Isidro del Guadalete. Si hubiese venido desde el otro lado, lo más probable es que me la hubiese pasado de largo porque hay una pared de cipreses enormes bordeando la finca que la tapa casi por completo. Pero desde San Isidro sube muy suave, entre campos de labor, una carretera junto a la que crecen olivos silvestres de ramas plateadas y algún ciclamor cargado de flores rosas y apretadas. Y así es como he tenido la suerte de reencontrarme con Salto al Cielo después de todos estos años: un poco por sorpresa, en alto, pero ya muy cerca. La ermita blanca, tan sencilla, y su cúpula reluciendo al sol, como posadas sobre el asfalto negro y brillante, enmarcadas entre los árboles y la inmensidad del cielo. 

Termino de desayunar en la plaza de un humor buenísimo recordándolo todo. Me sobrevuela una bandada de abejarucos con ganas de jarana que van camino del antiguo paraje de los cartujos porque ¿adónde mejor? Me levanto y paseo distraída buscando el limonero adecuado mientras me acuerdo de un amigo al que le hace mucha gracia que yo me ponga contentísima por cosas que parecen pequeñas. Encaramada en un banco trinco diez limones muy lustrosos que me alegrarán la vuelta a casa y pienso en que le tengo que contar a mi amigo la mañana tan fantástica que acabo de echar.

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