THE OBJECTIVE
Andreu Jaume

Salvad al tigre

«La guerra contra el yihadismo fue necesaria pero al mismo tiempo ha puesto patas arriba los cimientos de las democracias constitucionales»

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Salvad al tigre

CHRISTIAN HARTMANN | AFP

Aunque fue un fracaso comercial, Salvad al tigre (1973) se ha convertido en una obra de culto. Dirigida por John G. Avildsen, que tanto entretenimiento nos procuró a los que fuimos niños en la década de 1980, y protagonizada por un inmenso Jack Lemmon, que al parecer se empeñó personalmente en que se produjera el guión de Steve Shagan –un esfuerzo que se le recompensó con un Oscar al mejor actor–, la película cuenta la crisis existencial de Harry Stoner, un ejecutivo de mediana edad que dirige una fábrica de ropa a punto de quebrar, aguanta un matrimonio medio muerto y vive acosado por los traumas de su participación como soldado durante la Segunda Guerra Mundial. La historia se desarrolla en un día y medio, prácticamente el mismo lapso de tiempo con que Joyce construyó el Ulises. De hecho, Stoner podría ser una especie de Leopold Bloom estadounidense. Como el irlandés, el personaje de Jack Lemmon ha ingresado en esa edad en que la inocencia ya no vuelve e idealmente debería ser sustituida por la madurez, que sin embargo se revela de pronto como podredumbre.

Para salvar su empresa, Stoner planea con su socio provocar un incendio en los almacenes para cobrar la póliza. Al mismo tiempo, sigue con la costumbre de proporcionar prostitutas a sus clientes, uno de los cuales casi muere de un infarto durante una sesión. Sólo el encuentro angélico y rilkeano con una chica que hace autoestop –una maravillosa Laurie Heineman–, al principio y al final de la película, salva a Stoner de la desesperación. Myra –el nombre de la joven– encarna la inocencia perdida porque no sabe nada de lo que ha destruido a la generación de Stoner, que vive obsesionado con recuerdos de infancia, por ejemplo de su equipo de béisbol en los años cuarenta y con la idea de que en su juventud «tomar decisiones era fácil». El título de la película alude a una escena en que Stoner, perdido en su angustia, se encuentra en la calle con un puesto en el que se piden donativos para salvar al tigre de la degradación de la selva. Y en otro momento Myra también le cuenta que, según ha visto en un documental, «los tigres y otros animales salvajes regresan a lugares de belleza recordada para morir».

Salvad al tigre forma parte de ese cine de los setenta con mordiente y conciencia política. Estados Unidos vivía entonces una crisis de identidad por la guerra de Vietnam, a la que la película hace referencias ocasionales. El drama de Stoner es a la vez íntimo y colectivo. Los ideales por los que luchó durante su juventud en la guerra contra Hitler son ahora tan sólo recuerdos de compañeros muertos en el desembarco de Anzio. El sueño americano es una estafa y en el horizonte no hay más que ruina, sordidez y tedio. Hay un momento en que Stoner se confiesa: «Quisiera estar enamorado de algo, de una idea, de un perro, de un gato, de cualquier cosa». Myra representa esa posibilidad. Pero su encuentro final le confirma a Stoner que él ya no puede acceder a esa inocencia.

Salvad al tigre sigue sirviendo para pensar en lo que le ha ocurrido a Occidente; además de constituir una advertencia para todos los hombres de mediana edad. En 1973, el orbe liberal aún tenía su identidad política cifrada en la lucha contra la Unión Soviética. Después de la caída del Muro de Berlín, creíamos que el mundo entero se iría incorporando, de forma natural, al credo democrático y liberal. La globalización iba a ser, entre otras cosas, un proceso de normalización política internacional. Pero nada ha sido como esperábamos. Como han explicado Ivan Krastev y Stephen Holmes en La luz que se apaga (Debate), Occidente ganó la guerra fría pero perdió la paz. Todo lo que está aconteciendo en la escena mundial es de alguna manera consecuencia de eso. La crisis de Afganistán no es sino un coletazo más, ciertamente muy grave, de ese problema. De hecho, sorprende la ingenuidad con que la opinión pública se ha tomado la desbandada de Biden, anunciada desde hace bastante tiempo. Estados Unidos se ha gastado más dinero en tratar de reconstruir Afganistán que con el plan Marshall en Europa. Y, a pesar de esa colosal inversión, no consiguió más que aupar a un gobierno corrupto y formar a un ejército compuesto en su mayoría por analfabetos que iban drogados a la batalla y que, para colmo, vendían el combustible y los vehículos que se les proporcionaban, según se cuenta en el interesante documental Turning Point: 9/ 11 and the War on Terror.

La guerra contra el yihadismo fue necesaria pero al mismo tiempo ha puesto patas arriba los cimientos de las democracias constitucionales. En Estados Unidos, el gobierno de Bush tuvo que poner en marcha una serie de medidas de seguridad excepcionales que desbordaban el marco legal. Guantánamo, de hecho, ejemplifica el fracaso del Estado de derecho para luchar contra el fundamentalismo islámico, algo que ha terminado por minar la confianza de Occidente en sus propios ideales, para satisfacción malsana de Putin, que no deja de echar en cara a Estados Unidos su inveterada hipocresía. La consecuencia más extrema y ridícula de ello es la actual incapacidad de muchos políticos occidentales para condenar lo que ocurre en materia de derechos humanos no sólo en Afganistán sino también en Pakistán, en Arabia Saudí o en Qatar, de cuyos abusos y crímenes nada se dice porque nos interesa más jugar al fútbol en algunos de ellos. Incluso el actual Papa se permitió «entender» el atentado contra Charlie Hebdo con unas declaraciones que por sí mismas bastarían para desacreditarle como portavoz de una comunidad ética tan importante como la católica, no digamos ya como vicario del pobre Jesucristo.

Al fondo de todo ello late el problema del abandono de nuestra tradición política y filosófica, que parece inutilizada. No se aprecia, en ninguna parte, ni un atisbo de pensamiento político arriesgado o novedoso, más allá del revival de un vago marxismo o del populismo latinoamericano en la izquierda o la nostalgia por el ultraliberalismo de Reagan y Thatcher en la derecha, todos comportándose como tigres que regresan a sus ilusorios paraísos para morir. En 1987, Allan Bloom ya advirtió que hablar de “valores” delataba una creciente incapacidad para distinguir entre el bien y el mal, lo que a su juicio equivalía a liquidar la tradición socrática. Él le echaba la culpa a cierta tergiversación de Nietzsche, cuya influencia en las universidades americanas habría hecho estragos. Algo parecido ha denunciado recientemente Pascal Bruckner en su contundente, aunque previsible, Un coupable presque parfait: la construction du bouc émissaire blanc (Grasset). Según el filósofo francés, la actual condena del hombre blanco occidental, que de pronto se ha convertido en el culpable de todas los problemas del mundo, es fruto de las doctrinas que una nueva izquierda postmaterialista ha impuesto a partir de la deconstrucción que los propios franceses vendieron a la academia estadounidense y que ahora, regurgitada, es devuelta a Europa, donde empieza a ser aceptada como un nuevo dogma. Por ello, Occidente ya sólo es capaz de verse como racista, colonialista y machista. El único discurso tolerable es el biológico. La utopía es ahora de índole sexual.

Por todo ello se puede decir que a Occidente se le ha puesto la cara de Jack Lemmon al final de Salvad al tigre, cuando, después de pasar la noche con Myra en una casa de la playa, incapaz ni siquiera de aceptar la pureza de la chica, se despide de ella, dispuesto a seguir con su proyecto de fraude, con sus traumas, su matrimonio arruinado y su vida gris, no sin antes lanzar una última mirada al mar quién sabe en busca de qué.

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